4.3. La historia de Artemio Lustig
Publicado: agosto 16, 2011 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, #vocesmx, Aguillón-Mata, EUA, Hannah Arendt, Mexico, Migración, PDL, WDP Comentarios desactivadosLa historia de Artemio Lustig se me apareció a medias y por accidente, como sucede con las que nos dejan pensando y al final, como por capricho, calificamos de elocuentes, buenas historias. Mi trabajo, mecánico hasta la náusea, consistía en organizar los datos de un archivo inmenso con los aliados de la organización en el estado, confirmarlos e incluso ampliarlos con ayuda del oráculo que es la red. Busqué un lugar en el edificio, pues aún no tengo escritorio propio por ser nuevo—o ya no tanto, pero lo era entonces—y monté una mesa plegable a la mitad del cuarto más amplio, que a menudo sirve de sala de convenciones o incluso escenario improvisado, para aprisionarme en la pesadez que, de acuerdo con Hannah Arendt, dudo mucho que pudiera llamarse trabajo o aun labor: “copy and paste” selectivo, eterno, embriagante. En menos de una hora, dos individuos desconocidos llegaron al cuarto, pidieron permiso y montaron otra mesa para comenzar otra tarea mucho más entretenida: fabricar pancartas de protesta contra un hotel que obtuvo mano de obra sin pagarla. Uno de estos personajes era Artemio Lustig, aunque esto yo no lo sabía. El otro, al parecer estudiante y voluntario del proyecto en el que trabajo, no viene a cuento. Hablaron. El estudiante se expresaba como tal, juvenil y espontáneamente; Artemio Lustig hablaba con un dialecto en busca de empatar su idea de un hombre educado, aunque su educación es escasísima y apenas en estos tiempos de cierto activismo es que explora una conciencia más allá del trabajo—de nuevo en términos de Arend—, rumbo a la acción. Fabricar pancartas ya llevaba consigo cierto dejo de creatividad, de rebelión y de independencia. Durante esta plática en la que yo no participé—aunque el que escucha, aun en secreto, participa—el estudiante preguntó a Artemio Lustig—que no se llama así, pero como si se llamara; lo importante aquí es la historia—el origen de su apellido. Es Alemán. Y por qué tiene usted un apellido Alemán. Artemio, menudo y sólido como escultura Olmeca, es de Centroamérica. Es el apellido de los que me adoptaron para venir a este país: son alemanes, pero de aquí. ¿Y es usted muy cercano a su familia adoptiva? No, no me hablan; me echaron de la casa cuando tenía dieciséis años. ¿Cómo, por qué? Que porque fumaba mota. (Se ríen.) Fueron a Guatemala y me adoptaron para que viniera a este país, pero no para que fuera su hijo. ¿Entonces para qué lo adoptaron? Para otras cosas. ¿Qué cosas? Otras cosas, ahí. Artemio Lustig es un albañil al que un día no pagaron su sueldo y fue a dar a mi oficina, no sé cuánto tiempo antes de que yo mismo llegara a Norteamérica. Le resolvieron su caso y, aunque su trabajo sigue siendo en construcción, se convirtió en hombre de acción. La expresión suya “Otras cosas, ahí” que evadía el detalle y al tiempo explicaba muy bien su punto, aquel que indica la clase de paternidad a que nos hemos avocado en supuesto beneficio de la clase obrera, sigue resonando en mi cabeza.
Imaginar posibilidades para aquellas “otras cosas” que motivaron la presencia de Artemio en la casa de los Lustig y que eventualmente lo arrojaron a una nueva pobreza, la Norteamericana, es tan sencillo como estéril: “copy and paste” selectivo, eterno, embriagante. Y sin embargo, la historia persiste en la memoria, no como el reclamo de un desenlace, sino como pasmo ante el misterio expresivo de Artemio Lustig—quien aparece un par de veces en el video, arriba—y ante el modo de compasión y caridad que los Occidentales hemos desarrollado, aquel que echa de casa al extranjero porque, al cabo, nunca fue otra cosa.
4.2. A ciegas
Publicado: agosto 14, 2011 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, #vocesmx, Aguillón-Mata, EUA, Mexico, Migración, PDL, WDP Comentarios desactivadosA ciegas, convencido de renunciar a la meticulosa planeación de mi vida que hasta hace poco tiempo me había caracterizado, llegué al entrenamiento. Esperaba la presencia de un manojo de jóvenes norteamericanos, aquellos con quienes había entablado ya cierta comunicación por correo electrónico. Al llegar al punto de encuentro, sin embargo, los manojos de participantes se acumularon hasta el punto de colmar un autobús—entre varios, supe luego—que nos llevaría al hotel. No pocas veces he interactuado con grupos de gente de distintos orígenes, naciones, lenguajes; pero ésta era la primera vez que me encontraba sólo entre norteamericanos. Más de una vez me encontré con una resistencia extraña, mediante una pausa forzada durante la conversación, al presentarme como mexicano. ¿Nacionalizado? No. Pausa. Debieron de preguntarse, aquellos, durante esas interrupciones de la insípida monotonía con que nos presentábamos unos a otros, qué hacía yo entre ellos. Yo mismo no habría sabido contestarles.
La organización de Austin en que trabajo intenta garantizar condiciones dignas de trabajo a quienes reciben los peores salarios en el país, en su mayoría albañiles y toda la mano de obra pertenecientes a la industria de la construcción. Sus problemas, sin embargo, no son sólo económicos, sino sobre todo de representación frente a—o en medio de—las esferas del poder. No se necesita mucha información para deducir que estos trabajadores sin representación son en su mayoría migrantes, mayoritariamente indocumentados, mayoritariamente hispánicos y, entre todas estas características, mayoritariamente mexicanos. Lo dicho: estoy más cerca de México, lejos de México. Pero durante el entrenamiento en Albuquerque, antes de enfrentar la rutina de los próximos doce meses, el extranjero fui yo, y si bien no recibí hostilidad alguna, el entorno me recordó constantemente tal condición como no sucedió nunca en otros países. Esto no debe atribuirse a ningún tipo de xenofobia, sino a que, estando en un programa del gobierno federal norteamericano que presume combatir la pobreza en este país, la presencia de un extranjero es mucho menos anticipada que, digamos, en una universidad, en una escuela de idiomas o en un punto turístico. Y si bien pude integrarme a los grupos del entrenamiento con suficiencia, también es cierto que esperaba la interacción próxima con los trabajadores mexicanos, contradictoriamente, con la anti-romántica curiosidad del quien ve en los compatriotas a los suyos y con la romántica esperanza de reconocer virtudes brutas entre los pobres, entre los desprotegidos, entre los carentes de privilegios.
Todos sabemos que México está hirviendo. El país se ha ido desplomando lenta pero consistentemente desde su fundación y no ha encontrado entre sus hombres de poder otra cosa que saqueadores, cobardes e incompetentes. (Una reflexión aparte tendría que hacerse para explorar si cabe o no esperar otra cosa de entre los nuestros y por qué.) Pero ya de un modo diferente a la constancia de esa caída que Bolaño dibujó con maestría en 2666, el México de ahora está hirviendo. No se trata ya de la pereza o de la inopia del ladronzuelo con ansias de conquistador, sino de la violencia súbita y absoluta como constante. Luego de leer las noticias, no parece una exageración decir que ahora, en México, cualquiera puede encontrarse en pedazos, sobre la calle, por el menor descuido. Toco el tema aquí y allá en distintas oportunidades: aquellos con quienes comparto el entrenamiento no son capaces de visualizar esta realidad. Los albañiles a quienes sirvo, luego de un par de décadas en los Estados Unidos, no son capaces de visualizar esta realidad. Yo mismo, tan solo a cuatro años de haber dejado México, no soy capaz de visualizar esta realidad. México a ciegas es tierra incomprensible de fantasía para quienes estamos fuera, incluso para quienes experimentan cada día la violencia de la pobreza en el mundo capitalista, como los trabajadores que, ya se verá, habrán de reconocerme como uno de los suyos o, del mismo modo que los pocos jóvenes con que me encontré de nuevo durante el vuelo de regreso a Austin, habrán de simular no verme y de colocarse los audífonos al par mío, de modo que no tengamos que seguir fingiendo que tenemos una identidad en común.
4.1. Antes de que aterrizara el avión
Publicado: agosto 1, 2011 Archivado en: #SinLugar | Tags: #vocesmx, Aguillón-Mata, Carlos Castaneda, EUA, Jim Morrison, Mexico, Migración, PDL, WDP, William Blake Comentarios desactivadosAntes de que aterrizara el avión, Albuquerque ya se me revelaba monocromático y seco, aunque no falto de misterio, como los llanos abiertos de Las Ánimas en el altiplano de San Luis Potosí que tanto visité para mascar peyote durante mi adolescencia. El desierto ha estimulado siempre mi imaginación gracias a los escenarios que Carlos Castaneda montó sobre páginas impresas, narraciones de sus experiencias con el Yaqui Don Juan, viejo seductor de la locura o de una desquiciante forma de cordura. Debe de ser tal la palabra adecuada, “desquiciante”, pues la magia desenterrada por Castaneda y su mentor representó para mí como para miles de lectores una nueva brújula para el pensamiento, un nuevo quicio para nuevas puertas, metáforas de William Blake y de su discípulo en cultura pop, Jim Morrison. Compartí estas referencias con mucha gente de distintos orígenes y rutas; el quicio del desierto sostenía la puerta por la que entraron y salieron generaciones completas de todo el mundo. Pero ahora muchos hemos olvidado las fogatas en el desierto, los bailes y aullidos absurdos y el sexo delirante sobre tierra seca, entre serpientes, bajo la luna; rechazamos ya nuestra urgencia por pertenecer a un mundo muerto, asesinado, el de los nativos del continente, que ya no nos seduce con la fuerza de hace tantos años, quince al menos. A qué nos hemos entregado, a cambio.
Ahora que aterrizo en Albuquerque, trato de localizar a otros miembros del programa al que pertenezco: estamos ahí para recibir cierto entrenamiento laboral. Seremos cientos, aunque yo espero al principio poco menos de una decena. No sé bien qué hago ahí ni qué haré a la hora de comenzar a trabajar y esa incertidumbre que se me revela de golpe, mientras veo cómo se amontonan los colegas a espera de un autobús que nos llevará al hotel, me pasma por completo: jamás en el pasado participé en algo tan carente de sentido. No quiero decir que mi actual trabajo ni el entrenamiento inaugural careciera de sentido, sino que yo entonces lo ignoraba por completo, me había entregado a un programa que me hablaba poco o nada, con la esperanza de que al final valiera la pena. Con estas líneas planeo aclarar si valdrá y, eventualmente—al final de este proceso—, si ha valido la pena.
Para medir el valor de la empresa, deben considerarse varios detalles. Mis actividades me garantizan, adrede, una vida al borde de la línea oficial de pobreza en los Estados Unidos de América, de modo que pueda no sólo comprender sino también compartir el estilo de vida de aquellos a quienes me he encomendado a servir por un año: trabajadores de bajos ingresos. La naturaleza del proyecto al que me he unido exige que, fuera de México—en donde preferí los libros, los paraísos artificiales y el desierto a las relaciones con trabajadores comunes y corrientes—, me relacione codo a codo con migrantes hispanos y mayoritariamente mexicanos: estoy más cerca de México, lejos de México. De entrada todo esto parece indicar que el valor del año próximo habrá de consistir en el grado de comprensión que obtenga del forcejeo permanente del migrante en este país para garantizar su estabilidad como parte de los EUA y su libre desarrollo profesional e individual. Parece poco, pero durante los años que gasté entre los privilegios de la universidad, entre libros y estimulantes, bajo el quicio de entonces nuevas puertas, ejercí una ínfima, si no nula, influencia en la podredumbre del mundo a mi alrededor. Quiero pensar que es tiempo de ensuciarme las manos; seguir leyendo, escribiendo, no está condicionado, pero ahora tampoco puede reclamarme en exclusividad. El pensador público, el escritor, no debe temer la acción social y política; el desinterés y el olvido a que me aferré en el pasado, con la excusa de ser—o procurar ser—un intelectual fue, precisamente, una falla intelectual. Con esta serie semanal sobre mi experiencia teórica y práctica con trabajadores y migrantes de bajos recursos en EUA espero reparar tal falla.
Aguillón-Mata
Correspondencia con Pablo Hernández Hernández
Publicado: octubre 26, 2010 Archivado en: #SinLugar | Tags: Aguillón-Mata, Alemania, Angela Merkel, Europa, Filosofía, Friedrich Hegel, Hannah Arendt, Migración, Pablo Hernández Hernández, Política Comentarios desactivadosPablo,*
cómo estás. Te escribo para saludarte y solicitar una suerte de consuelo. Ayer revisé comentarios de Arendt sobre Hegel en busca de una idea de voluntad; esto hallé: pues lo que se concibe mentalmente es y lo que es es sólo por aquella concepción, el mundo de nuestro interés, el mundo histórico, se nos debe. Pero he aquí que un hipotético ser de puro pensamiento permanecería en un presente interminable, por lo que, para Hegel, es la mente lo que produce el tiempo—y la historia en consecuencia—no por virtud del pensamiento, sino de la voluntad. A esto se debió, según Arendt, la idealización de Hegel de la Revolución Francesa, en la que los hombres se atrevieron a voltearse de cabeza, sosteniéndose en sus pensamiento y voluntad, y construyendo la realidad de acuerdo con ambos. El consuelo que te pido es intelectual y se me exige frente a las noticias de ayer domingo en que se anuncia para mi sorpresa el endurecimiento del discurso de Merkel respecto de los inmigrantes internacionales en territorio alemán—con un claro guiño ya generalizado contra el mundo musulmán. Considerando el contexto actual en Alemania que tan bien conoces y el global en que construimos un mundo histórico cada vez más pobre de pensamiento—y quizá esto quiera decir excedido de voluntad—, qué tan injustificada es mi sorpresa; qué tan súbito o predecible te parece el giro que ha dado Merkel. Y: qué significa, en tu opinión, tal anuncio, el del supuesto fracaso de un proyecto multicultural del que nosotros dos, tanto a nivel profesional como personal, íntimo, nos hemos beneficiado.
(18-10-2010)
Bueno Sergio, tomo ahora la palabra…
(25-10-2010)
* Pablo Hernández Hernández es profesor de Estética y de Filosofía Social y de la Cultura en la Universidad de Costa Rica. Ha cursado estudios de posgrado en la Universidad de Potsdam, en Alemania.
Imagen de Frank Plant.
3.6. Ser totalmente macedoniano
Publicado: octubre 18, 2010 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, Adolfo Bioy Casares, Aguillón-Mata, Ensayo, Felisberto Hernández, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Macedonio Fernández, Ricardo Piglia Comentarios desactivados—Je voudrais savoir comment m´approcher d´un texte.
Comment, émotion écartée, reconaître qu´il relève de la littérature.
Ne pas me fier à mon émotion.
Me fier à mon esprit d´analyse. Est-ce possible ?
—Ah ! c´est très français cette idée d´avoir une conscience littéraire !
-Georges Charbonnier entrevista a Jorge Luis Borges
Ser totalmente macedoniano es ser en la literatura más que en la realidad o, mejor: es privilegiar la realidad literaria sobre la realidad sensible, de acuerdo con Ricardo Piglia. Él mismo ha dicho que a veces Macedonio se le impone como si fuera la misma literatura Argentina (video: 2, 3, 4 y 5). Sin embargo, la máquina de contar historias en que se basa esa novela de Piglia sobre Macedonio, La ciudad ausente, no es ajena a los escritores que he ido mencionando: La invención de Morel, Rayuela y “El Aleph” representan mecanismos que relatan interminablemente, mezclan y acumulan con codicia historias, tantas historias—o tantas incontables mezclas y remixes de una historia base—que el resultado no se concentra en ellas, sino en el proceso mismo de contar, en la máquina. Sólo por esta razón es posible que el mismo Cortázar, ese narrador eficaz que vuelve imprescindible cada detalle con palabras casuales—el juicio es de Borges—, lamenta en “Diario de un cuento”: “cuando ya no puedo hacer otra cosa que empezar un cuento como quisiera empezar éste, justamente entonces me gustaría ser Adolfo Bioy Casares”. Ya puedo admitir que estas líneas caóticas perseguían al cabo—y al menos, diré en mi descargo— cierta unidad temática: hablan de ciertos cruces críticos y personales entre cuatro escritores argentinos que el mundo ha encumbrado como universales. Cada uno tenía una opinión muy diferente del otro, y tales opiniones han sido siempre tan subjetivas como, si no objetivas—como han negado Antonio Alatorre y Tomás Segovia—sí objetivistas. Esto quiere decir que cada intervención crítica es única, por ser personal, pero que está determinada por el objeto criticado, pues se trata de crítica seria, de valor. De aquí se desprende otra cualidad definitoria de la crítica: es múltiple. Señalé además que la literatura de Macedonio termina por ser crítica del mundo; ¿no es éste el caso también de Cortázar, de Bioy, de Borges? Y aún más, el sentido múltiple de las sentencias y calificaciones borgesianas, ya ejemplificado con sus pocas palabras para Macedonio y Cortázar, ¿no es en sí literatura? La carta íntima pero pública de Cortázar a Felisberto Hernández y “Diario de un cuento”, ¿no funden en su interior crítica con literatura? ¿Y el estilo que Bioy y Macedonio cuidaban aun en textos personales y en sus especulaciones ensayísticas, en sus anécdotas y diarios, en su correspondencia? Hay en todo esto otra enseñanza: lejos de la obsesión por tener una conciencia literaria que Borges, francófobo, atribuye con sorna a los franceses y yo simplemente al esnobismo universal, la mejor crítica se revela necesariamente literatura. Y viceversa. Mi previa pereza y posterior culpa quieren estar de acuerdo con esta conclusión: mientras distraje al lector con anécdotas baladíes sobre escritores, corrí a mi librero para confirmar la supuesta cita de Octavio Paz, supuesta porque no existe, no al menos como yo la arrojé en el primer post a las distracciones de quien lee. Algo dije sobre la experiencia estética, y el árbol y el sujeto; la construcción de Paz dice que “la sabiduría no está ni en la fijeza ni en el cambio, sino en la dialéctica entre ellos”. No estética, sino sabiduría pero, dicho todo lo anterior, cuál es la diferencia.
Aguillón-Mata
3.5. A propósito
Publicado: octubre 15, 2010 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, Adolfo Bioy Casares, Aguillón-Mata, Ensayo, Felisberto Hernández, Jorge Luis Borges, José Lezama Lima, Julio Cortázar, Literatura, Macedonio Fernández, Sergio López Comentarios desactivadosA propósito me viene a la mente otra lectura de Macedonio que no es la irónica y desconfiada admiración de Borges ni el desdén decidido de Bioy; Julio Cortázar, en emotiva carta póstuma a Felisberto Hernández dice:
…si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio ni a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga [...] Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Julia y de La casa inundada.
La relación entre los comentaristas de Macedonio que he citado, más o menos informales todos en su empresa, es de por sí bastante equívoca: Bioy sintió por Cortázar una simpatía casi cortés, basada tanto en la admiración por el escritor como en la curiosidad por el bohemio—entendido por Bioy el bohemio como “el otro”—; en las conversaciones con Sergio López, sobre “Diario de un cuento” de Cortázar:
…probablemente sea el más grande homenaje que me hayan hecho nunca. De una generosidad extraordinaria, realmente. Para mí recordar ese cuento es de una felicidad y un dolor enorme. Es una felicidad por la generosidad del cuento, pero también es un dolor porque yo nunca se lo agradecí a Cortázar. Yo soy un gran postergador de cartas. Me acuerdo que una mañana vino Vlady Kociancich y me pidió que le escribiera a Cortázar porque estaba muy enfermo. Bueno, yo postergué esa carta y al poco tiempo murió Cortázar. Me sentí tristísimo por no haberle agradecido ese cuento.
—El homenaje es tan redondo que incluso el cuento parece escrito un poco “a la manera de Bioy Casares”.
—Es un cuento precioso y una muestra de cariño muy grande. Además, con Cortázar nos pasó una cosa lindísima: los dos, yo en Buenos Aires y él en París, escribimos casi el mismo cuento. El protagonista del cuento de Cortázar es un viajante que llega a Montevideo y se hospeda en el hotel Cervantes. El mío también quiere ir al hotel Cervantes, pero lo llevan a otro. El de Cortázar está en el cuarto y no puede dormir porque al lado hay un chico que llora. En el mío el protagonista tampoco puede dormir porque en el cuarto de al lado hay una pareja haciendo el amor. Al día siguiente el de Cortázar va a protestar, entonces le dicen que no puede ser, que en el cuarto de al lado no había ningún chico, y en mi cuarto en lugar de una pareja había un señor que se llamaba Merlín. Eso fue lindísimo. Fíjese que es casi el mismo cuento, sin embargo no nos enojamos y nos sentimos muy felices porque esa coincidencia indicaba una afinidad entre dos amigos.
Bioy habla alternativamente de dos textos de Cortázar, como todo mundo sabe: “Diario de un cuento”, donde hay una serie de menciones muy favorables sobre el oficio escritural de Bioy, y “La puerta condenada”, que coincide en más de un detalle con “Un viaje o el mago inmortal”. Pero, como lamenté al resumir el argumento de “Cirugía…”, en el resumen de Bioy algo se ha perdido. Esa misma frase usó Borges al prologar una colección de cuentos de Cortázar. Fue generoso, pero hay que tener en cuenta que esa sola página de favor borgesiano, frente a las muchas más para Bioy, para Macedonio, inquieta por lo que implica de silencio. Quizá la mejor valoración crítica del Borges sobre el autor de “La puerta condenada” es ésta: “nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar”. Evidentemente, en esta oración hay un juicio de valor, pero éste cede ante al preciso hallazgo del buen lector, del crítico: el engarce del argumento, en los textos de Cortázar, con el Sentido es perfecto, fatal, inquebrantable. Un ejercicio más detallado explicaría por qué, pero Borges se limitó a esta sentencia luminosa.
Aguillón-Mata
3.4. Dependencia
Publicado: octubre 14, 2010 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, Aguillón-Mata, Ensayo, Jorge Luis Borges, Literatura, Macedonio Fernández, Olga Orozco, Ricardo Piglia, Sergio López Comentarios desactivadosDependencia estilística—no comunicación—mantenía al joven Borges al lado de Macedonio. Que el estilo de Borges, hoy eficaz cuando menos, se debiera al de otro, incluso tratándose de Macedonio, no deja de asombrar. Quizá debido a esta marca imperecedera Borges codificó con no poca sorna el prólogo al que en el post anterior me he referido. Adolfo Bioy Casares, entrevistado por Sergio López, dice al respecto:
Me gustaban los cuentos sobre Macedonio, pero me parece que escribe de una manera que uno no puede leerlo, porque no he podido leer ninguno de sus libros. Yo no lo conocí, pero me he carteado alguna vez con él, por ahí tengo algunas cartas de Macedonio escritas en ese mismo estilo un poco pesado. A veces hay alguna cosa graciosa, pero nada más. No sé, era como si Borges estuviera escribiendo una novela con su vida y ciertos personajes los inventaba un poco y los hacía más graciosos de lo que fueron, más geniales de lo que fueron. [...] Macedonio es una creación de Borges, lisa y llanamente. Lo que pasa es que la figura de Macedonio es muy simpática. Que se mudara de pensión en pensión, que tuviera debajo de la cama una valija llena de masitas viejas, en fin, quizá todo eso sea atractivo para un historiador de la literatura.
Esta opinión era compartida entre las amistades de Bioy—Borges excusado; Olga Orozco, por su parte, compuso estas rimas:
En su momento lloré
la muerte de Macedonio.
Nos dejó unos libros que
mandan su gloria al demonio.
Parece que Bioy y compañía tienen una concepción opuesta del quehacer literario a la de Macedonio: el lector debe ser solapado como todo cliente, debe sentirse a gusto, retenerse con amabilidad y sin efectismo. Esto no implica entera sumisión de quien escribe: los textos de Bioy no son simples, sino decididamente engañosos. Pero el engaño consiste en que el lector va casi por propia voluntad hacia un terreno grave y desconcertante. “El lado de la sombra”, “La trama celeste” y Dormir al sol tienen el encanto de lo sencillo que pronto nos muestra un rostro urgente y desconcertado: el propio. El resultado puede ser terrible, pero Bioy ha llevado al lector hasta ahí como no queriendo, mientras Macedonio lo ha hecho a palos. El mismo Adolfo ha confesado, con pena, que valerse de la ciencia ficción—lo que implica cierto efectismo—es al tiempo valerse de una herramienta atractiva pero en última instancia innecesaria, síntoma al cabo de sus carencias como escrito
Bioy tiene razón en su juicio sobre Macedonio en la medida que el autor de “Cirujía…” es para él un viejo ocurrente e ilegible; es decir: Borges sí inventó al Macedonio que Bioy conoció, cuando menos. Sin embargo las voces—y sobre todo las voces literarias—son escurridizas y escapan irremediablemente a cualquier etiqueta. Macedonio ha roto ya la figura a que Bioy se refiere y, con ayuda sobre todo de Ricardo Piglia, ha ganado en misterio y malicia literaria. Bioy, para su desgracia, no conoció sino al viejo inventado por Borges y no pudo sospechar por tanto aquel que Piglia encumbra. Ante esta figura postrera y mística que Piglia ofrece debe trabajar mi desconfianza, sin embargo, tanto como ante el simpático parlanchín de un Borges avergonzado: Macedonio Fernández no es ni uno ni otro, siendo de algún modo ambos.
Aguillón-Mata
3.3. La memoria
Publicado: octubre 13, 2010 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, Aguillón-Mata, Ensayo, Jorge Luis Borges, Leopoldo Lugones, Literatura, Macedonio Fernández, Octavio Paz, Rafael Cansinos Assens Comentarios desactivados
La memoria, base de la crítica, recrea el objeto criticado. Que los azares de mi memoria especulen y puntualicen, entonces: en el laudatorio prólogo que Borges dedica a Macedonio se lee que éste “hablaba como al margen del diálogo y, sin embargo, era su centro”. Hay en tal descripción de Macedonio un modelo de modestia borgesiana y otra puya contra la summa de conocimiento parodiada en la figura de Carlos Argentino. A continuación otro ejemplo:
“Mi última emoción, en Europa, fue el diálogo con el gran escritor judeo-español Rafael Cansinos Assens, en quien estaban todas las lenguas y todas las literaturas, como si él mismo fuera Europa y todos los ayeres de Europa. En Macedonio hallé otra cosa. Era como si Adán, el primer hombre, pensara y resolviera en el Paraíso los problemas fundamentales. Cansinos era la suma del tiempo; Macedonio, la joven eternidad. La erudición le parecía un modo aparatoso de no pensar”.
A pesar de Lugones, estas palabras garantizaron la inmortalidad de Macedonio. Más que “Cirugía…” o aun la misma Museo de la novela de la Eterna, no porque el prólogo de Borges valga más, por supuesto, sino porque nadie hubiera editado y reeditado como hasta ahora los textos de Macedonio sin la venia por escrito del autor de Ficciones. (Entre paréntesis diré que ésta es también una función de la crítica.) Al prólogo que Borges dedica a Macedonio se debe gran parte de la curiosidad que lleva a leerlo. Borges es Borges, y a ver quién niega la efectividad de esta tautología. Pero, por extraño que parezca, tras una segunda mirada esta elegía en prosa adquiere otro sentido: en mil novecientos veinticinco Borges publicó Inquisiciones. En este libro, que se negó retóricamente a su reedición en las obras completas, hay una emulación cínica—o inocente, diré en descargo—, casi plagio de Macedonio: “La nadería de la personalidad”. Aquí el principio:
“Intencionario, punto y aparte. Quiero abatir la excepcional preeminencia que hoy suele adjudicarse al yo, dos puntos. Empeño a cuya realización me espolea una certidumbre firmísima, coma, y no el capricho de ejecutar una zalagarda ideológica o atolondrada travesura del intelecto, punto y seguido”.
Y así sigue unas diez páginas. Con razón Borges no quiso reeditarlo. Porque ni tiene la gracia de Macedonio, aunque la pretende, ni la autoridad del mejor Borges. Y es que la entrega de Georgie—como él mismo firmaba sus cartas—a la figura, más que paternal, casi sacerdotal de Macedonio, era tan exasperante que los neologismos exóticos, la puntuación caprichosa, la reverberación barroca y hasta el tema son aquí fatalmente macedonianos. Y Borges quería serlo hasta en la intimidad, como consta en la correspondencia. Carta de Macedonio a Borges—mil novecientos treinta y tantos:
“Querido Jorge: Iré esta tarde y me quedaré a cenar si no hay inconveniente y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar las tengo aun con inconveniente y sólo falta asegurarme las otras). Tienes que disculparme por no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa”.
Compárese con una respuesta de Borges:
“Hace más de diez días que se me ha pegado París a la suela de los zapatos, pero aún no conozco lo bastante bien esta ciudad para determinar con precisión en dónde queda aquí la calle Rivadavia, y por eso va esta carta a visitarte en vez de ir yo personalmente”.
He aquí un Borges interesado en hacerse al margen del diálogo y ser, al tiempo, su centro. Y he aquí que tan halagadora como lapidaria resulta la elegía de Borges dedicada a Macedonio en que se identifica la vitalidad del verbo lúdico con la primera edad del hombre, Adán fundamental, y en la que se afirma además que el Macedonio de mayor valor es el de la expresión ida de las conversaciones y no el de la escritura. No veo por qué el Borges maduro querría enterrar al amigo, aunque es evidente por qué quiso enterrar al joven Borges de Inquisiciones y de las cartas entusiastas, emuladoras del verbo macedoniano. En otras palabras: el comentario de Borges sobre Macedonio debe leerse en la diestra con “El arte de injuriar” en la siniestra.
Aguillón-Mata
3.2. Que el pensamiento piense el pensamiento
Publicado: octubre 12, 2010 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, Aguillón-Mata, Antonio Alatorre, Ensayo, Isabel Allende, Jorge Luis Borges, Literatura, Macedonio Fernández, Roberto Bolaño, Severo Sarduy, Tomás Segovia Comentarios desactivadosQue el pensamiento piense el pensamiento, que el arte piense el arte—la frase es de Severo Sarduy. Mientras me río de los chistes de Macedonio, su palabra crítica contiene una gravedad insospechada que exige evaluación. Reviso qué opinan los maestros de la crítica: “es la formulación de la experiencia del lector”, dice Antonio Alatorre. Como tal “formulación” es imposible sin la “experiencia”, el filólogo privilegia la subjetividad del lector en esta breve y por tanto eficaz definición y sólo enseguida la formulación de la misma. Nada ha dicho aún sobre la primera formulación, el objeto de la crítica. La crítica en tanto “respuesta” es una entre varias intervenciones en un diálogo imperecedero. Se sabe lo que es un diálogo y que ninguno se salva de impertinencias: una expresión lapidaria como “tal libro es bueno o no” habla, en primerísimo lugar, de una experiencia lectora más bien pobre y, enseguida, a veces, de un libro bueno o uno malo. Ningún crítico respetable va a ceder fácilmente a las frases lapidarias—aunque llega a suceder—; si un libro parece malo al crítico, éste guardará silencio al respecto, como todos hacemos tan amablemente cuando se cuenta un mal chiste. Considerado lo anterior y para dejar a Alatorre por un momento, me quedo con que la crítica habla más de quien enuncia que de su objeto.
Se puede enriquecer esta base con palabras de Tomás Segovia: “La denuncia de la subjetividad me ha parecido siempre una cursilería, hipócrita como toda cursilería. Quien dice Para mí esto es así no está hablando de sus ojos ni menos aún de sus anteojos”. Uy. Quiero estar seguro de que Segovia no pensaba en Alatorre al escribir estas palabras. Bien pudo bajarle al tono, pero hay que admitir que tiene razón. Si aceptamos que la crítica es la enunciación de una experiencia lectora, es decir, de una subjetividad, hay que ceder también ante la transformación del sujeto que contempla debido al objeto contemplado. Aquello que se critica determina al sujeto; esto es, si no se alcanza la objetividad en el ejercicio de la crítica, al menos su contrario, la subjetividad lectora, debe bastante a cierto (inventemos una palabra) objetivismo. De lo que se desprende que, si un lector pretendidamente crítico queda incólume ante la lectura de un texto es porque éste no sirve o porque el sujeto en realidad no sabe leer.
Establecidas estas simplezas, que si se me disculpa llamaré teóricas, me dispongo a reconstruir a Macedonio mediante memorias de terceros.
Borges: “en los últimos días de mil novecientos sesenta, dicto, al azar de la memoria y de sus vaivenes, lo que el tiempo me deja de las queridas y ciertamente misteriosas imágenes que, para mí, fueron Macedonio Fernández”. Por demás conocidos son los espaldarazos críticos que recibió Macedonio de Leopoldo Lugones, en el prólogo a Papeles de Recienvenido y, póstumamente, de Borges, en la antología por él preparada. Los silencios acumulados que siguieron a estas validaciones sobre la vida y obra del autor de “Cirugía…” no bastaron para que ahora un Ricardo Piglia, ni más ni menos, pretenda instituir el desdén de Macedonio como el centro y aun fuente de la mejor literatura hispanoamericana actual. No estará tan desencaminado Piglia si amén de esos desdenes consideramos la naturaleza digresiva e inconclusa de Bolaño más importante que la supuesta buena factura de una, por decir, Isabel Allende o cualquier otro epígono de los últimos hits editoriales. Pero esto es ya hacer historia de la literatura, materia más bien aburrida. Prefiero detenerme un momento en la oración de Borges ya citada: “dicto al azar de la memoria”, dice el viejo, y desde ahí estoy obligado, como buen lector de Borges que debo de ser, a leer lo que sigue con muchas precauciones. Se trata de la misma memoria que retiene más esterilidades que sentido en las ficciones del viejo. Al final de “El Aleph” Borges dice: “felizmente, me trabajó el olvido”, o algo así. La potencia de Funes semeja la saturación de ese círculo de pocos centímetros de diámetro en el que se cruzan todos los lugares. La memoria, en suma, de Borges, tiene dos puntas, como la lengua de una serpiente. Téngase en cuenta.
Aguillón-Mata
3.1. Para no enterarme
Publicado: octubre 11, 2010 Archivado en: #SinLugar | Tags: #SinLugar, Aguillón-Mata, Ensayo, Literatura, Macedonio Fernández, Octavio Paz Comentarios desactivadosPara no enterarme o al menos fingir que no me entero y no hablar de lo que está a la vista y urge y duele, abro al azar un libro de Macedonio Fernández y hallo el siguiente comienzo: “Se ve a un hombre haciendo su vida cotidiana de la mañana en un recinto cerrado”. La oración no puede ser más esperanzadora, en relación y aun oposición con otros textos de Macedonio que conozco: el personaje no tiene nombre todavía pero ya se le ve. Goza o padece—o ambas alternativamente—una vida cotidiana que en el presente perpetuo del texto sólo continúa, como sin darse nadie cuenta y, para mayor tranquilidad, esto sucede en un recinto cerrado, es decir, donde no hay manera de que el simplón escape. La mañana, por serlo, me produce cierta calma, casi un bostezo, desamodorrándome. Por fin un texto de Macedonio que inicia como manda la santa narración. Para mayor consuelo, se ofrece enseguida el nombre del personaje, un poco raro, he de decirlo: “Es el herrero Cósimo Schmitz, aquél a quien en célebre sesión quirúrgica ante inmenso público le fue extirpado el sentido de futuridad, dejándosele prudencialmente, es cierto (como se hace ahora en la extirpación de las amígdalas, luego de reiteradamente observada la nocividad de la extirpación total), un resto de perceptividad del futuro para una anticipación de ocho minutos”.
…
Ni hablar, Macedonio lo hizo de nuevo.
Recuerdo ya el texto, “Cirugía psíquica de extirpación”, uno de los más representativos de su autor. En él se alude a la historia de un hombre que tras supuestamente asesinar a su familia solicita se le extirpe el pasado, para vivir sin culpa. Mas tal sino eliminado es también artificial, pues el anodino Cósimo Schmitz había querido, para ganar satisfacción de sí, la inserción en su memoria de un pasado brutal, de pendenciero y asesino, y anular de ese modo su real insignificancia. Encerrado ya por el crimen supuesto y jamás cometido, se le borró también la poca conciencia posible del futuro, de modo que viviera tranquilo a la espera de su ejecución en la silla eléctrica. Pero este breve argumento, traído aquí de los pelos, no parece muy sugestivo. Algo se ha perdido. El secreto está en el verbo “alude” que he antepuesto. “Cirugía…” no narra esa historia, sino apenas la alude, como accidentalmente, para concentrarse en el margen de la historia, en la relación atormentada del propio Macedonio con el lector, mediante la página, y en cómo esta relación es metáfora de la del sujeto con la realidad.
En qué consiste esta relación. En pocas palabras (y podría hacer aquí una digresión enorme a propósito de esta fórmula retórica), consiste en la elusión permanente y fatal de la realidad, o para decirlo más generalmente, en la imposibilidad de conciliar una conciencia subjetiva con un objeto. Pero esto es demasiado general y podría llevarme a especular inútilmente sobre filosofías enojosas. Octavio Paz lo ha dicho mejor, creo, a propósito de la experiencia estética—cito de memoria, con lo cual no quisiera demostrar pedantería sino pereza–: “No es el árbol ni es la cosa, sino la dialéctica entre ambos”—objeto de esta breve serie.
La descentralización del sentido a que se refiere Paz y que multiplica las vías de escritura permite a un autor como Macedonio escribir libros ilegibles en los que el sacro argumento da lo mismo aun siendo imprescindible. Sólo así pueden palidecer las páginas de la acusada “primera novela buena” ante los cincuenta y tantos prólogos que componen realmente Museo de la novela de la Eterna. Sólo así el autor se ausenta de Papeles de Recienvenido sin que apenas se note o así se interrumpen los textos para que el lector, animoso, increpe de a poco al imposible Macedonio (ya Unamuno hacía algo similar con sus personajes en Niebla). La intención del viejo amigo de los Borges no es literaria, siéndolo en última instancia. Atentos: dije aquí “literaria” con no poca ironía: la intención de Macedonio, vuelvo, no se atiene a lo que por literatura entendemos, sino a lo que el viejo reconstruyó. Su discurso arremete contra formas comunes del arte pero, en última instancia, se revela crítica de la realidad.
Aguillón-Mata





























































































