Los chistes de TV Azteca

Corría el minuto 40 del primer tiempo del partido de la liga de primera división mexicana entre el Santos Laguna y el Monarcas Morelia. La pelota se desplazaba lánguida por el césped del Nuevo Estadio Corona de la ciudad de Torreón, Coahuila, cuando comenzaron a escucharse ráfagas de ametralladora. El estadio entró en pánico. Los jugadores corrieron a refugiarse a los vestidores mientras los espectadores buscaban refugio tirados entre las bancas o parapetados detrás de los muros a su alcance. El encuentro de futbol era transmitido en vivo a México y Estados Unidos por dos televisoras: por canal 13 de la televisión abierta, propiedad de TV Azteca, y por uno de los canales de cable de la cadena de deportes ESPN . Ambas captaron el inicio de la balacera y el terror dentro del estadio. Sin embargo, a los 7 minutos TV Azteca decidió suspender la transmisión y en su lugar emitir un programa cómico. El contraste no podía ser más alto: mientras una cadena deportiva internacional trataba de mantener informada a su audiencia de lo que estaba sucediendo, la televisora mexicana optaba por censurar la información directa y presentar a sus televidentes un programa que ofrece pura anestesia.

Desde el punto de vista periodístico, TV Azteca dejó de transmitir una noticia que hoy le ha dado la vuelta al mundo, y mantuvo en suspenso y sin información a su audiencia hasta el momento de sus noticiarios oficiales. Es decir, prefirió el control informativo a la cobertura profesional de un evento del que tenía el privilegio de tener la primicia. Su decisión deja muy en claro la dinámica de simulación que caracteriza a muchos medios en México. TV Azteca es promotora y signataria del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la violencia en el que se establecen algunos criterios editoriales para tratar el tema de la violencia criminal en México, pero que su orientación real, en la práctica, ha sido la manipulación informativa.

La guerra contra el narcotráfico es también una guerra mediática. El narcotráfico parece beneficiarse (al menos eso se dice) de producir terror en la población. El gobierno se beneficia en cambio, de que la percepción de violencia incontrolada, no se generalice. En el centro de estos dos frentes, los medios mexicanos parecen haber optado, como TV Azteca, por tomar el partido del gobierno, ser sus adalides, renunciando así a ser fuentes de información confiable. Si la balacera de ayer en Torreón es terrible, que TV Azteca haya dejado de informar, es imperdonable, un atentado contra la democracia, contra el derecho de estar informado. Estamos en una guerra donde se pierde por todos lados.


4.3. La historia de Artemio Lustig

La historia de Artemio Lustig se me apareció a medias y por accidente, como sucede con las que nos dejan pensando y al final, como por capricho, calificamos de elocuentes, buenas historias. Mi trabajo, mecánico hasta la náusea, consistía en organizar los datos de un archivo inmenso con los aliados de la organización en el estado, confirmarlos e incluso ampliarlos con ayuda del oráculo que es la red. Busqué un lugar en el edificio, pues aún no tengo escritorio propio por ser nuevo—o ya no tanto, pero lo era entonces—y monté una mesa plegable a la mitad del cuarto más amplio, que a menudo sirve de sala de convenciones o incluso escenario improvisado, para aprisionarme en la pesadez que, de acuerdo con Hannah Arendt, dudo mucho que pudiera llamarse trabajo o aun labor: “copy and paste” selectivo, eterno, embriagante. En menos de una hora, dos individuos desconocidos llegaron al cuarto, pidieron permiso y montaron otra mesa para comenzar otra tarea mucho más entretenida: fabricar pancartas de protesta contra un hotel que obtuvo mano de obra sin pagarla. Uno de estos personajes era Artemio Lustig, aunque esto yo no lo sabía. El otro, al parecer estudiante y voluntario del proyecto en el que trabajo, no viene a cuento. Hablaron. El estudiante se expresaba como tal, juvenil y espontáneamente; Artemio Lustig hablaba con un dialecto en busca de empatar su idea de un hombre educado, aunque su educación es escasísima y apenas en estos tiempos de cierto activismo es que explora una conciencia más allá del trabajo—de nuevo en términos de Arend—, rumbo a la acción. Fabricar pancartas ya llevaba consigo cierto dejo de creatividad, de rebelión y de independencia. Durante esta plática en la que yo no participé—aunque el que escucha, aun en secreto, participa—el estudiante preguntó a Artemio Lustig—que no se llama así, pero como si se llamara; lo importante aquí es la historia—el origen de su apellido. Es Alemán. Y por qué tiene usted un apellido Alemán. Artemio, menudo y sólido como escultura Olmeca, es de Centroamérica. Es el apellido de los que me adoptaron para venir a este país: son alemanes, pero de aquí. ¿Y es usted muy cercano a su familia adoptiva? No, no me hablan; me echaron de la casa cuando tenía dieciséis años. ¿Cómo, por qué? Que porque fumaba mota. (Se ríen.) Fueron a Guatemala y me adoptaron para que viniera a este país, pero no para que fuera su hijo. ¿Entonces para qué lo adoptaron? Para otras cosas. ¿Qué cosas? Otras cosas, ahí. Artemio Lustig es un albañil al que un día no pagaron su sueldo y fue a dar a mi oficina, no sé cuánto tiempo antes de que yo mismo llegara a Norteamérica. Le resolvieron su caso y, aunque su trabajo sigue siendo en construcción, se convirtió en hombre de acción. La expresión suya “Otras cosas, ahí” que evadía el detalle y al tiempo explicaba muy bien su punto, aquel que indica la clase de paternidad a que nos hemos avocado en supuesto beneficio de la clase obrera, sigue resonando en mi cabeza.

Imaginar posibilidades para aquellas “otras cosas” que motivaron la presencia de Artemio en la casa de los Lustig y que eventualmente lo arrojaron a una nueva pobreza, la Norteamericana, es tan sencillo como estéril: “copy and paste” selectivo, eterno, embriagante. Y sin embargo, la historia persiste en la memoria, no como el reclamo de un desenlace, sino como pasmo ante el misterio expresivo de Artemio Lustig—quien aparece un par de veces en el video, arriba—y ante el modo de compasión y caridad que los Occidentales hemos desarrollado, aquel que echa de casa al extranjero porque, al cabo, nunca fue otra cosa.


4.2. A ciegas

A ciegas, convencido de renunciar a la meticulosa planeación de mi vida que hasta hace poco tiempo me había caracterizado, llegué al entrenamiento. Esperaba la presencia de un manojo de jóvenes norteamericanos, aquellos con quienes había entablado ya cierta comunicación por correo electrónico. Al llegar al punto de encuentro, sin embargo, los manojos de participantes se acumularon hasta el punto de colmar un autobús—entre varios, supe luego—que nos llevaría al hotel. No pocas veces he interactuado con grupos de gente de distintos orígenes, naciones, lenguajes; pero ésta era la primera vez que me encontraba sólo entre norteamericanos. Más de una vez me encontré con una resistencia extraña, mediante una pausa forzada durante la conversación, al presentarme como mexicano. ¿Nacionalizado? No. Pausa. Debieron de preguntarse, aquellos, durante esas interrupciones de la insípida monotonía con que nos presentábamos unos a otros, qué hacía yo entre ellos. Yo mismo no habría sabido contestarles.

La organización de Austin en que trabajo intenta garantizar condiciones dignas de trabajo a quienes reciben los peores salarios en el país, en su mayoría albañiles y toda la mano de obra pertenecientes a la industria de la construcción. Sus problemas, sin embargo, no son sólo económicos, sino sobre todo de representación frente a—o en medio de—las esferas del poder. No se necesita mucha información para deducir que estos trabajadores sin representación son en su mayoría migrantes, mayoritariamente indocumentados, mayoritariamente hispánicos y, entre todas estas características, mayoritariamente mexicanos. Lo dicho: estoy más cerca de México, lejos de México. Pero durante el entrenamiento en Albuquerque, antes de enfrentar la rutina de los próximos doce meses, el extranjero fui yo, y si bien no recibí hostilidad alguna, el entorno me recordó constantemente tal condición como no sucedió nunca en otros países. Esto no debe atribuirse a ningún tipo de xenofobia, sino a que, estando en un programa del gobierno federal norteamericano que presume combatir la pobreza en este país, la presencia de un extranjero es mucho menos anticipada que, digamos, en una universidad, en una escuela de idiomas o en un punto turístico. Y si bien pude integrarme a los grupos del entrenamiento con suficiencia, también es cierto que esperaba la interacción próxima con los trabajadores mexicanos, contradictoriamente, con la anti-romántica curiosidad del quien ve en los compatriotas a los suyos y con la romántica esperanza de reconocer virtudes brutas entre los pobres, entre los desprotegidos, entre los carentes de privilegios.

Todos sabemos que México está hirviendo. El país se ha ido desplomando lenta pero consistentemente desde su fundación y no ha encontrado entre sus hombres de poder otra cosa que saqueadores, cobardes e incompetentes. (Una reflexión aparte tendría que hacerse para explorar si cabe o no esperar otra cosa de entre los nuestros y por qué.) Pero ya de un modo diferente a la constancia de esa caída que Bolaño dibujó con maestría en 2666, el México de ahora está hirviendo. No se trata ya de la pereza o de la inopia del ladronzuelo con ansias de conquistador, sino de la violencia súbita y absoluta como constante. Luego de leer las noticias, no parece una exageración decir que ahora, en México, cualquiera puede encontrarse en pedazos, sobre la calle, por el menor descuido. Toco el tema aquí y allá en distintas oportunidades: aquellos con quienes comparto el entrenamiento no son capaces de visualizar esta realidad. Los albañiles a quienes sirvo, luego de un par de décadas en los Estados Unidos, no son capaces de visualizar esta realidad. Yo mismo, tan solo a cuatro años de haber dejado México, no soy capaz de visualizar esta realidad. México a ciegas es tierra incomprensible de fantasía para quienes estamos fuera, incluso para quienes experimentan cada día la violencia de la pobreza en el mundo capitalista, como los trabajadores que, ya se verá, habrán de reconocerme como uno de los suyos o, del mismo modo que los pocos jóvenes con que me encontré de nuevo durante el vuelo de regreso a Austin, habrán de simular no verme y de colocarse los audífonos al par mío, de modo que no tengamos que seguir fingiendo que tenemos una identidad en común.


México, Ciudadanía, Violencia y Blogs

Festival de Blogs: México, Ciudadanía, Violencia y Blogs

Mañana comienza el Festival de Blogs “México: Ciudadanía, Violencia y Blogs“, organizado por Global Voices.

#SinLugar se ha propuesto participar durante el festival con reflexiones relámpago (y no tan relámpago) sobre el tema.

Cuando iniciamos la propuesta de #SinLugar nuestra intención era promover la reflexión crítica en forma de acciones propositivas concretas a través del uso de publicación electrónica y medios sociales.

Los problemas complejos no tienen soluciones fáciles ni inmediatas. En estos casos es mejor comenzar con esfuerzos menos ambiciosos y por lo tanto más realizables. En lugar de la promesa, la sugerencia, la invitación a dialogar.

Tener voz es decir “aquí estoy; existo”. Mañana comenzamos.


#Cablegate: ¿Y México?

Haga usted click en la imagen. Explore. Piense. Concluya. Actúe.

2885 cables filtrados de la embajada de México, según el Guardian


3.6. Ser totalmente macedoniano

—Je voudrais savoir comment m´approcher d´un texte.

Comment, émotion écartée, reconaître qu´il relève de la littérature.

Ne pas me fier à mon émotion.

Me fier à mon esprit d´analyse. Est-ce possible ?

—Ah ! c´est très français cette idée d´avoir une conscience littéraire !

-Georges Charbonnier entrevista a Jorge Luis Borges


Ser totalmente macedoniano es ser en la literatura más que en la realidad o, mejor: es privilegiar la realidad literaria sobre la realidad sensible, de acuerdo con Ricardo Piglia. Él mismo ha dicho que a veces Macedonio se le impone como si fuera la misma literatura Argentina (video: 2, 3, 4 y 5). Sin embargo, la máquina de contar historias en que se basa esa novela de Piglia sobre Macedonio, La ciudad ausente, no es ajena a los escritores que he ido mencionando: La invención de Morel, Rayuela y “El Aleph” representan mecanismos que relatan interminablemente, mezclan y acumulan con codicia historias, tantas historias—o tantas incontables mezclas y remixes de una historia base—que el resultado no se concentra en ellas, sino en el proceso mismo de contar, en la máquina. Sólo por esta razón es posible que el mismo Cortázar, ese narrador eficaz que vuelve imprescindible cada detalle con palabras casuales—el juicio es de Borges—, lamenta en “Diario de un cuento”: “cuando ya no puedo hacer otra cosa que empezar un cuento como quisiera empezar éste, justamente entonces me gustaría ser Adolfo Bioy Casares”. Ya puedo admitir que estas líneas caóticas perseguían al cabo—y al menos, diré en mi descargo— cierta unidad temática: hablan de ciertos cruces críticos y personales entre cuatro escritores argentinos que el mundo ha encumbrado como universales. Cada uno tenía una opinión muy diferente del otro, y tales opiniones han sido siempre tan subjetivas como, si no objetivas—como han negado Antonio Alatorre y Tomás Segovia—sí objetivistas. Esto quiere decir que cada intervención crítica es única, por ser personal, pero que está determinada por el objeto criticado, pues se trata de crítica seria, de valor. De aquí se desprende otra cualidad definitoria de la crítica: es múltiple. Señalé además que la literatura de Macedonio termina por ser crítica del mundo; ¿no es éste el caso también de Cortázar, de Bioy, de Borges? Y aún más, el sentido múltiple de las sentencias y calificaciones borgesianas, ya ejemplificado con sus pocas palabras para Macedonio y Cortázar, ¿no es en sí literatura? La carta íntima pero pública de Cortázar a Felisberto Hernández y “Diario de un cuento”, ¿no funden en su interior crítica con literatura? ¿Y el estilo que Bioy y Macedonio cuidaban aun en textos personales y en sus especulaciones ensayísticas, en sus anécdotas y diarios, en su correspondencia? Hay en todo esto otra enseñanza: lejos de la obsesión por tener una conciencia literaria que Borges, francófobo, atribuye con sorna a los franceses y yo simplemente al esnobismo universal, la mejor crítica se revela necesariamente literatura. Y viceversa. Mi previa pereza y posterior culpa quieren estar de acuerdo con esta conclusión: mientras distraje al lector con anécdotas baladíes sobre escritores, corrí a mi librero para confirmar la supuesta cita de Octavio Paz, supuesta porque no existe, no al menos como yo la arrojé en el primer post a las distracciones de quien lee. Algo dije sobre la experiencia estética, y el árbol y el sujeto; la construcción de Paz dice que “la sabiduría no está ni en la fijeza ni en el cambio, sino en la dialéctica entre ellos”. No estética, sino sabiduría pero, dicho todo lo anterior, cuál es la diferencia.

Aguillón-Mata

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Día de acción bloguera: agua

Hoy es (fue) el Blog Action Day, dedicado al agua. Más de 5,000 blogs de 138 países están participando.

Puedes firmar su petición para llevar agua limpia a quienes la necesitan aquí. No cambiará el mundo, pero tampoco te quita nada firmar.

A través de ellos descubrimos que Change.org tiene este servicio en línea gratuito y simple para crear peticiones para causas humanitarias y formas de reunir fondos y promoverlas.

Nos hubiera gustado participar más activamente pero lamentablemente nos fue imposible. Gracias a Global Voices por pasar la voz…

Esta causa nos obliga a re-pensar la forma en que usamos el agua los que tenemos el privilegio de tener acceso irrestricto a ella. ¿Cómo lavamos lo platos? ¿Cuánto tiempo te tardas en bañarte? Cosas simples que tienen grandes consecuencias.


3.5. A propósito

A propósito me viene a la mente otra lectura de Macedonio que no es la irónica y desconfiada admiración de Borges ni el desdén decidido de Bioy; Julio Cortázar, en emotiva carta póstuma a Felisberto Hernández dice:

…si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio ni a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga [...] Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Julia y de La casa inundada.

La relación entre los comentaristas de Macedonio que he citado, más o menos informales todos en su empresa, es de por sí bastante equívoca: Bioy sintió por Cortázar una simpatía casi cortés, basada tanto en la admiración por el escritor como en la curiosidad por el bohemio—entendido por Bioy el bohemio como “el otro”—; en las conversaciones con Sergio López, sobre “Diario de un cuento” de Cortázar:

…probablemente sea el más grande homenaje que me hayan hecho nunca. De una generosidad extraordinaria, realmente. Para mí recordar ese cuento es de una felicidad y un dolor enorme. Es una felicidad por la generosidad del cuento, pero también es un dolor porque yo nunca se lo agradecí a Cortázar. Yo soy un gran postergador de cartas. Me acuerdo que una mañana vino Vlady Kociancich y me pidió que le escribiera a Cortázar porque estaba muy enfermo. Bueno, yo postergué esa carta y al poco tiempo murió Cortázar. Me sentí tristísimo por no haberle agradecido ese cuento.

—El homenaje es tan redondo que incluso el cuento parece escrito un poco “a la manera de Bioy Casares”.

—Es un cuento precioso y una muestra de cariño muy grande. Además, con Cortázar nos pasó una cosa lindísima: los dos, yo en Buenos Aires y él en París, escribimos casi el mismo cuento. El protagonista del cuento de Cortázar es un viajante que llega a Montevideo y se hospeda en el hotel Cervantes. El mío también quiere ir al hotel Cervantes, pero lo llevan a otro. El de Cortázar está en el cuarto y no puede dormir porque al lado hay un chico que llora. En el mío el protagonista tampoco puede dormir porque en el cuarto de al lado hay una pareja haciendo el amor. Al día siguiente el de Cortázar va a protestar, entonces le dicen que no puede ser, que en el cuarto de al lado no había ningún chico, y en mi cuarto en lugar de una pareja había un señor que se llamaba Merlín. Eso fue lindísimo. Fíjese que es casi el mismo cuento, sin embargo no nos enojamos y nos sentimos muy felices porque esa coincidencia indicaba una afinidad entre dos amigos.

Bioy habla alternativamente de dos textos de Cortázar, como todo mundo sabe: “Diario de un cuento”, donde hay una serie de menciones muy favorables sobre el oficio escritural de Bioy, y “La puerta condenada”, que coincide en más de un detalle con “Un viaje o el mago inmortal”. Pero, como lamenté al resumir el argumento de “Cirugía…”, en el resumen de Bioy algo se ha perdido. Esa misma frase usó Borges al prologar una colección de cuentos de Cortázar. Fue generoso, pero hay que tener en cuenta que esa sola página de favor borgesiano, frente a las muchas más para Bioy, para Macedonio, inquieta por lo que implica de silencio. Quizá la mejor valoración crítica del Borges sobre el autor de “La puerta condenada” es ésta: “nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar”. Evidentemente, en esta oración hay un juicio de valor, pero éste cede ante al preciso hallazgo del buen lector, del crítico: el engarce del argumento, en los textos de Cortázar, con el Sentido es perfecto, fatal, inquebrantable. Un ejercicio más detallado explicaría por qué, pero Borges se limitó a esta sentencia luminosa.

Aguillón-Mata

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3.4. Dependencia

Dependencia estilística—no comunicación—mantenía al joven Borges al lado de Macedonio. Que el estilo de Borges, hoy eficaz cuando menos, se debiera al de otro, incluso tratándose de Macedonio, no deja de asombrar. Quizá debido a esta marca imperecedera Borges codificó con no poca sorna el prólogo al que en el post anterior me he referido. Adolfo Bioy Casares, entrevistado por Sergio López, dice al respecto:

Me gustaban los cuentos sobre Macedonio, pero me parece que escribe de una manera que uno no puede leerlo, porque no he podido leer ninguno de sus libros. Yo no lo conocí, pero me he carteado alguna vez con él, por ahí tengo algunas cartas de Macedonio escritas en ese mismo estilo un poco pesado. A veces hay alguna cosa graciosa, pero nada más. No sé, era como si Borges estuviera escribiendo una novela con su vida y ciertos personajes los inventaba un poco y los hacía más graciosos de lo que fueron, más geniales de lo que fueron. [...] Macedonio es una creación de Borges, lisa y llanamente. Lo que pasa es que la figura de Macedonio es muy simpática. Que se mudara de pensión en pensión, que tuviera debajo de la cama una valija llena de masitas viejas, en fin, quizá todo eso sea atractivo para un historiador de la literatura.

Esta opinión era compartida entre las amistades de Bioy—Borges excusado; Olga Orozco, por su parte, compuso estas rimas:

En su momento lloré

la muerte de Macedonio.

Nos dejó unos libros que

mandan su gloria al demonio.

Parece que Bioy y compañía tienen una concepción opuesta del quehacer literario a la de Macedonio: el lector debe ser solapado como todo cliente, debe sentirse a gusto, retenerse con amabilidad y sin efectismo. Esto no implica entera sumisión de quien escribe: los textos de Bioy no son simples, sino decididamente engañosos. Pero el engaño consiste en que el lector va casi por propia voluntad hacia un terreno grave y desconcertante. “El lado de la sombra”, “La trama celeste” y Dormir al sol tienen el encanto de lo sencillo que pronto nos muestra un rostro urgente y desconcertado: el propio. El resultado puede ser terrible, pero Bioy ha llevado al lector hasta ahí como no queriendo, mientras Macedonio lo ha hecho a palos. El mismo Adolfo ha confesado, con pena, que valerse de la ciencia ficción—lo que implica cierto efectismo—es al tiempo valerse de una herramienta atractiva pero en última instancia innecesaria, síntoma al cabo de sus carencias como escrito

Bioy tiene razón en su juicio sobre Macedonio en la medida que el autor de “Cirujía…” es para él un viejo ocurrente e ilegible; es decir: Borges sí inventó al Macedonio que Bioy conoció, cuando menos. Sin embargo las voces—y sobre todo las voces literarias—son escurridizas y escapan irremediablemente a cualquier etiqueta. Macedonio ha roto ya la figura a que Bioy se refiere y, con ayuda sobre todo de Ricardo Piglia, ha ganado en misterio y malicia literaria. Bioy, para su desgracia, no conoció sino al viejo inventado por Borges y no pudo sospechar por tanto aquel que Piglia encumbra. Ante esta figura postrera y mística que Piglia ofrece debe trabajar mi desconfianza, sin embargo, tanto como ante el simpático parlanchín de un Borges avergonzado: Macedonio Fernández no es ni uno ni otro, siendo de algún modo ambos.

Aguillón-Mata

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Glen Worthey (Stanford) en la UNAM

logotipo del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM
De las universidades de América Latina, la UNAM (enorme como es y como todas las instituciones educativas en constante batalla por allegarse más recursos que le permitan realizar su trabajo) sigue ofreciendo una gran cantidad de actividades gratuitas y/o accesibles, abiertas no sólo a sus estudiantes sino al público en general. Indudable negar su fundamental aportación.

Hoy jueves 14 de octubre, Glen Worthey, investigador de la universidad de Stanford en el área de humanidades digitales, dictará una conferencia a las 17:30 en el auditorio José María Vigil del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.

Glen es uno de los co-organizadores del Congreso 2011 de Humanidades Digitales. #SinLugar conversó con él durante el congreso 2010 en Londres, e hizo explícito su deseo de que más entusiastas mexicanos de esta “pluri-disciplina” participaran, aprovechando que Stanford no es tan geográficamente remoto de México (como lo sería una ciudad europea, por ejemplo).

Las “humanidades digitales” (antes “computación en las humanidades“) es un término que se refiere a la actividad académica que combina el uso y estudio de la computación y sus expresiones culturales con el estudio, práctica y enseñanza de las humanidades en la era digital.

Se trata de un campo académico en continuo proceso de definición y redefinición. Es un área relativamente nueva en todo el mundo, y dadas las condiciones impuestas por la llamada brecha digital lo es incluso más en nuestro país. Esto abre un sinfín de posibilidades para construir en el futuro presente, cercano y a largo plazo.


Gracias a Isabel Galina y Ernesto Priani por hacernos llegar la información.

Para un ejemplo del tipo de proyectos en que Glen ha trabajado, ver esta maravilla…


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