1.3. El rostro de Sakineh Mohammadi Ashtiani

El rostro de Sakineh Mohammadi Ashtiani es el único pedazo de verdad que tenemos sobre ella. Su caso se ha complicado aún más con la presión de la prensa internacional que no ha conseguido sino la leve posibilidad de cancelar la escandalosa muerte por lapidación, si bien la declarada pena capital parece inevitable. Y esto es lo más terrible: lo que se ha conseguido no es poco en la medida que de la horca a la lapidación hay una gran diferencia en términos de dolor físico y de humillación pública. Tan grande ha sido la obstinación de Irán en este caso. Y si las declaraciones en televisión de especialistas y políticos de Occidente, más la unánime voz de nuestros ciudadanos comunes, no han logrado salvar la vida de Ashtiani—sino al contrario: tras las críticas se ha reforzado el caso con nuevas acusaciones de asociación delictiva e intento de homicidio sumadas a las ridículas de simple adulterio—, por lo menos habrán de servir para comprender el mundo en que vivimos. De esa verdad que hablo al inicio de estas líneas se extraen ya por lo menos tres certezas: que Ashtiani es mujer, que se cubre la cabeza, que su belleza es incontenible. Dice Sontag que “nadie descubrió jamás fealdad a través de fotografías, aunque muchos han descubierto la belleza” (en On Photography, Sobre Fotografía, 1977); esta afirmación de entrada tambaleante cobra fuerza con el remate de Sontag: “[en tal o cual fotografía] encuentro ese objeto feo… hermoso”. En este caso, la pirueta retórica no es necesaria: Ashtiani, como mujer bella, es incontestable. Y aquí hay ya un problema. Quizá incluso pueda decir: aquí está su mayor problema. Al menos ella así lo entiende al señalar una sola razón para su circunstancia: “Porque soy mujer”, dice. John Berger en Ways of Seeing (Modos de ver, 1972): “de acuerdo con ciertos usos y convenciones que por fin cuestionamos pero que de ningún modo hemos superado, la presencia social de una mujer es diferente de la de un hombre”; y, ya que las mismas convenciones establecen que el mejor modo de ser mujer es ser mujer bella, la presencia social de Ashtiani es una clara afrenta al orden social misógino de su país. Y aunque en Occidente parezca una locura que el estado asesine a una mujer por adulterio, en países como México hay cláusulas legales que defienden a presuntos asesinos si se demuestra que el crimen fue, como se dice, “de honor”. Y aun si otros países no toleran tales atenuantes, la violencia doméstica no para. La base de esa violencia es, por supuesto, cultural, lo que quiere decir: convencional. Una sociedad más explícita, más franca, hipotéticamente, contribuiría a disminuir el escándalo que supone el adulterio: “Cuando a nadie le importa, la vergüenza deja de existir y todos podemos regresar al Jardín del Edén sin ningún dios merodeando como un hijo de puta con un grabador” dice Burroughs (en The Job, El trabajo, 1969). Corolario de esta idea es la novela de Phillip Roth The Human Stain, La mancha humana, 2000, que responde al moralismo enfebrecido de Norteamérica a propósito del caso Clinton-Lewinsky. Dos notas al margen: a pesar de la cita de Burroughs, debe recordarse que él mismo aprovechó la ineficiencia del sistema judicial mexicano para escapar del castigo adecuado luego de volar la cabeza a su esposa con una escopeta en nuestro país, si bien nada indica que el crimen haya sido más que accidental. Y: en el contexto de la violencia contra las mujeres en Medio Oriente y la frivolidad con que se define lo femenino en Norteamérica no puedo evitar un guiño sin glosa a estas dos ideas de lo femenino en Occidente: Fever Ray y Lady Gaga. Miremos bien estos videos y pensémoslos; después de todo, como dice Walter Benjamin, el público es juez, pero uno demente (en Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit, La obra de arte en tiempos de su reproducción técnica, 1963). O no sé si debería traducir con “idiota”.

Aguillón-Mata

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