1.5. La fotografía no es un arte

“La fotografía no es un arte justo como el lenguaje no es un arte—dice más o menos Susan Sontag (en On Photography, Sobre fotografía, 1977)—pero se puede hacer tanto arte con fotografías como se puede con el lenguaje”. Un matiz: se puede hablar de fotografía como algo análogo al lenguaje sólo si uno se refiere a la potencia. El lenguaje es expresión concreta de un sistema abstracto—parole et langue—y sólo en esos términos la comparación es posible. Posible, si bien no definitiva: el sistema abstracto del lenguaje es en fotografía técnica concreta. Ambas palabras designan las concreciones dadas pero—y sobre todo—las por venir; ni lenguaje ni fotografía existen ni pueden existir absolutamente. Si discutimos las posibilidades de la fotografía como medio para el arte, el sustantivo análogo no es “lenguaje”, sino la expresión supuestamente artística del lenguaje: “literatura”. Designamos dos cosas con la misma palabra: fotografía: técnica, concreción, potencia; fotografía: disciplina y tradición con fines estéticos. ¿Es la literatura arte?; ¿o la fotografía en su segunda acepción? Estas preguntas nos parecen tan anacrónicas porque la misma noción de arte lo es. Grandes maestros de la tradición fotográfica, forzosamente hombres del siglo veinte, como Edward Weston, Paul Strand o Alfred Stieglitz manifestaron su indiferencia ante este pseudo-problema. 1: porque el espíritu moderno que ha reinventado y difundido la idea de democracia iguala, siquiera en teoría, a cada espécimen del género humano. Espécimen, en democracia, se quiere representante; todos de cada uno. El arte, en cambio, basado en las distinciones aristotélicas entre hombres y hombres mejores, se nos revela caduco. Frente al arte, pura expresión. No de lo mejor ni de lo bello: de lo verdadero. La verdad y sus contradicciones—la verdad en matices y vuelcos—supera lo mejor, que existe junto a lo peor. Y este existir es presente progresivo: lo que hay transcurre, se está haciendo. Frente a esto, el arte permanece. Espantado. Su estatus no es el mismo que antes ni podría serlo. El arte no representa a los hombres iguales; la democracia lo promete. Vemos más verdad en expresiones no artísticas, más representación nuestra, más nosotros. El cadáver en los periódicos, los perfiles en archivos policiales y los retratos de Bibi Aisha y de Ashtiani nos parecen mucho más elocuentes que la exposición en Sammlung-Boros (alemán), aunque no mucho más que el edificio en sí. 2: porque la profesionalización del arte se ha erigido perdición del arte. Esto aplica para todas las disciplinas. Tomás Segovia, en un ensayo sobre Piedra de Sol de Octavio Paz (en Lecturas de Piedra de Sol. Edición conmemorativa del poema de Octavio Paz, 2007) afirma que el poeta no quiere ya hacer obras maestras. Lo que se quiere es escribir poesía—de nuevo, expresión elocuente sobre algo verdadero sujeta a normas convencionales—y acaso ver nacer en ésta, a posteriori, una pieza decente. Aquí una pieza decente o buena, incluso maestra, ha de ser representativa; si de uno, de todos. A esto se debe que las novelas decimonónicas, mayor y mejor expresión de su género, nos parezcan poca cosa ante el desarrollo de la novela-ensayo, de la novela-diario, de la novela-memoria. Al mismo tiempo, viejas novelas basadas en formas menores vuelven a seducirnos: Robinson Crusoe (Daniel Defoé, 1719) y Les Liaisons dangereuses (Pierre Choderlos de Laclos, Las relaciones peligrosas, 1782) son excelentes ejemplos de esta tendencia. Si no se quiere ni se puede abolir la idea e incluso la noción de “arte”, el mundo moderno en pos de cierta democratización del espíritu—distinta de la supuesta y en verdad fraudulenta del estado—nos obliga a jamás utilizar el término “arte” a priori; esto es: ejecuciones específicas de las llamadas artes deben ganar con calidad, elocuencia y representatividad su inclusión no en el parnaso de las artes, sino en la discusión sobre el mismo. Tanto arte se puede hacer con fotografía como con literatura, así como ninguna fotografía ni poema es arte definitivamente. Por esto debemos pensar, no aceptar ni refutar de inmediato, la declaración de Stockhausen sobre el ataque del once de septiembre a Nueva York: “lo que pasó ahí fue, por supuesto—ajusten todos ahora sus cerebros—, la mayor expresión artística que jamás existió.”

Aguillón-Mata

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