1.6. Burroughs voló la cabeza de Joan Vollmer en México

Burroughs voló la cabeza de Joan Vollmer en México, mientras ambos jugaban a representar la más famosa escena de Guillermo Tell. Estaban casados. Dieciocho años después, publicó The Job (El trabajo, 1969), serie de entrevistas en que describe con víscera, delirio y lucidez los ires y venires de la profesión de escritor. Aunque logró escapar a una condena apropiada—que, después de todo, poco o nada hubiera reparado—, al parecer Burroughs quedó seriamente dañado por la muerte de Vollmer. Por el modo, principalmente. Nunca he disparado un arma de fuego ni en campos de tiro ni por deporte. Burroughs se dedicaba a grabar dibujos al fuego sobre madera y luego disparaba su escopeta contra la tabla. Último retoque del trabajo, el tiro era parte de la técnica—munición sobre tabla en lugar de óleo sobre tela—, pero era sobre todo parte de la firma. A menudo siento que el estilo de Burroughs se asemeja a un escopetazo en la cara. En The Job, Burroughs arremete contra la vergüenza en pos de cierto Jardín del Edén, de cierta inocencia animal. Al mismo tiempo, confronta la entonces naciente semántica de Alfred Korzybski con la filosofía clásica: “el aristotélico esto-o-lo-otro es uno de los grandes errores del pensamiento occidental—dice—, ni siquiera se corresponde con lo que sabemos del universo físico”. Hay que tener todo esto en cuenta para ver en la misma persona a Burroughs-asesino, Burroughs-payaso y Burroughs-autor. Pero ante todo y tras la lectura, The Job me parece el libro de un moralista. Diane Arbus declaró que la del fotógrafo siempre le pareció una actividad perversa: “me sentí muy sucia la primera vez”, dijo, y Sontag la secunda equiparando la cámara a un arma. Pero he aquí el mayor riesgo tras el desarrollo de la fotografía, según Sontag: “implica que conocemos el mundo si lo aceptamos como la cámara lo captura; esto es lo opuesto de entender, proceso que empieza por no aceptar el mundo como se muestra. Toda posible comprensión se basa en la capacidad de decir no” (On Photography, Sobre Fotografía, 1977). Decir no es cada día más fácil: la contundencia de cualquier fotografía mengua desde que contamos con herramientas técnicas tan sencillas para trucar la imagen. Si parece obvio que la fotografía no adquiere estatus de arte inmediatamente, corresponde ahora dudar de su estatus de realidad. Del lado opuesto, el famoso cuadro de Hans Holbein, Los Embajadores (1533), traslada mejor la realidad que muchas fotografías cotidianas. Como nos sugiere John Berger (en Ways of seeing, Modos de ver, 1972), en él se aprecian tan delicadamente las texturas y los materiales reproducidos que uno casi se anima a tocar el trabajo de carpinteros y sastres, curtidores de piel y herreros y papeleros: el trabajo y el estilo y la firma—el escopetazo de Burroughs—de muchos hombres están ahí representados, y por tanto su realidad. La fotografía tiene esta facultad, pero no como creyó Gustav Janouch al replicar a la incredulidad de Kafka: “la cámara no puede mentir” (en Gespräche mit Kafka, Conversaciones con Kafka, 1951). La respuesta de Kafka es célebre: se trata de una crítica bastante adelantada contra la herramienta y de una invitación a mirar un poco hacia adentro. El prisionero 03618 sonríe. Hacia adentro de qué. También el prisionero 00581 sonríe. Hacia adentro de uno, pero también hacia adentro de la imagen. El prisionero 00581 es un niño; el 03618 es una anciana. Hacia adentro de uno significa: volcar la pasividad de la lectura en actividad; no recibir, sino agregar al texto. El archivo de prisioneros de Camboya cuenta sólo cinco mil retratos de incontables víctimas encarceladas, torturadas y asesinadas. Hacia adentro de la imagen significa: donde vibra la vida oculta, allende el juego de sombra y luz. Los prisioneros no tienen nombre, no son Joan Vollmer, sólo números; podemos llamarlos como sea. Si este archivo es producto de un sistema totalmente antidemocrático, la lectura de estas fotografías radicaliza en última instancia la idea de democracia: nos iguala. En el archivo nos miramos, víctimas, y a nuestra obra—Los Embajadores—, victimarios. Mientras tanto, Diane Arbus se siente sucia y William S. Burroughs empuña un arma de fuego.

Aguillón-Mata


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