2.2. Debemos callar

Debemos callar sobre aquello que no podemos hablar, dicen Wittgenstein (en Tractatus Logico-Philosophicus, 1921) y un coro de apologistas y contrincantes, muchos de los cuales no saben qué papel juegan en la partida. Aun conociendo el título y el tema del libro y presumiblemente tras haberlo leído completo—pues se trata de la última frase—, ese “debemos”—“mussen”—se ha entendido casi como una tarea moral. Pero la sentencia de Wittgenstein no es una invitación al silencio frente a loinefable, sino un dar cuenta de la fatalidad del lenguaje. Queramos o no, debemos callar, pues “todo lo que puede pensarse puede decirse con claridad”. En otras palabras, debemos callar como debemos respirar, no como debemos cumplir la ley. Ya señaló Hannah Arendt (en The life of the Mind, 1971) que el cierre del Tractatus “argumenta en sentido opuesto” de su literalidad. Wittgenstein termina su libro con la frase citada, pero tal no es la médula del Tractatus. La literatura, aquellos intentos de hablar sobre lo que no podemos, no es tema de Wittgenstein, sino sólo las posibilidades—en abstracto—de la potencia del lenguaje. Una de estas potencias es, sin embargo, la literatura, a la que el filósofo despacha eficientemente en su libro: hay lo que puede decirse y hay lo que, mediante discurso, puede mostrarse. Puedo decir, por ejemplo: se calcula que las víctimas mortales del holocausto son entre once y doce millones de personas. Puedo ser menos concreto incluso y decir: entre las víctimas que sobrevivieron el holocausto, millones perdieron su patria, su arraigo y, por tanto,su identidad cultural. Pero he aquí que la frase no basta ya para comunicar su sentido. La anterior es una verdad fatalmente incompleta. A esto se refiere Arendt, cuando insinúa que la de Wittgenstein no es una invitación al silencio, sino al uso de la palabra: la pérdida de identidad no se puede decir, pero se puede mostrar. Austerlitz (2001), de W. G. Sebald, muestra precisamente lo que significa perder la identidad bajo el contexto del holocausto mientras cuenta la historia de una reconstrucción, de un redescubrimiento de sí mismo. No es casualidad que los momentos de mayor desasosiego en la novela de Sebald estén atados al lenguaje: “la sensación de pánico en que me sumía el estar a punto de escribir una frase, sin saber cómo empezar esa frase o, en general, cualquier otra, se extendió pronto a la operación, en sí más sencilla, de leer”; después de todo, y de nuevo de acuerdo con el Tractatus, “el lenguaje es una parte de nuestro cuerpo”. Del mismo modo que quien recupera la vista o el movimiento del cuerpo tras cirugía, hay asombro cuando Austerlitz descubre o recuerda que  habla checo y que él formó parte de la diáspora de niños exiliados durante el holocausto, que “aquellos recuerdos fragmentarios eran también parte de mi vida”.

Si bien Sebald cuenta una historia, su lectura ofrece un ejercicio de la razón superior al de la frase “millones murieron durante el holocausto”, que por sí sola y en términos lógicos es equiparable a: “millones nacieron en 2010”. Wittgenstein ha demostrado que la sencillez de estas últimas frases paralelas es falsa; a ella ha dirigido toda su atención en el Tractatus, obra entre las mayores de nuestra filosofía occidental, rendido a final de cuentas ante el Misterio de las otras frases, las que muestran y no dicen, las que son. Paradójicamente, decir algo es mucho más simple que decir sin más. La oración simple—“eso sucedió”—, principio esquemático de la Historia, palidece frente a la frase sustantiva y ulterior palabra poética—“eso”. Y la naturaleza de estas frases determina nuestra lectura. Lectores de datos, de la red deben complementar su ejercicio intelectual con filosofía, ficción y poesía; en suma, deben exigir más de la razón que la acumulación y, mediante intelecto, poner la información frente al carnaval de la duda. La metáfora sigue aquí otra de Wittgenstein, ahora del trabajo que refutó el Tractatus (Philosophische Untersuchungen, 1953): “los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje festeja”. Esta fiesta es a uno multitudinaria y solitaria, pues “hablar es tener demasiadas consideraciones con los demás”, según Pessoa (Livro do Desassossego, 1982).

Aguillón-Mata

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