2.4. La primera Filosofía

La primera Filosofía fue una Teología, aunque, como aclara Hannah Arendt en The Life of the Mind (1971), no en el sentido de una teoría sobre los dioses, sino en el de una teoría sobre lo que es: aquello que ahora entendemos por Ontología. Arendt se refiere específicamente a Aristóteles, pero tras pensarlo un poco me parece que aquella palabra simiente a la que remite San Juan responde por igual, más allá del Estagirita, a la duda, a los dioses y al ser. Atajo ahora una omisión a propósito: nunca en segundo término, la primera Filosofía es también una Poética—lo que implica: una Ética. En ella se incluyen ya la búsqueda necesaria de la verdad y la imposibilidad de asirla, ambas condiciones estéticas por encima de cualquier conocimiento técnico del verso. Ahora bien, porque hablo de teorías de la cosa, ya no me refiero a la cosa. No discuto aquí el ejercicio de la poesía ni el tormento de la duda ni la fe ni la simple—pero absoluta—existencia, sino los discursos sobre todo ello, irremediablemente distantes de su objetivo: logos en lugar de nous. El logos es nostalgia de lo que es. Aunque no cuenta con la realidad ni con la contundencia del nous, el logos es elocuente; se manifiesta, mientras el nous es manifiesto. Imagino el exasperante silencio sobre la superficie de la luna, que ha estado ahí durante tanto tiempo, carente de cualquier sentido. Tal paraje necesitó una mirada ajena y una voz ajena para significar, como el resto de lo no conocido ahí, detrás del mapa fatalmente incompleto de nuestra galaxia, requiere el pasmo de un tercero para existir en plano de verdad pese a su existencia en plano de realidad. Vueltos a nosotros mismos, el ser humano es en la realidad, pero sin logos sería únicamente, callado; lo que significa: el ser humano es en la verdad sólo mediante el logos. Todo esto indica que somos seres verdaderos de palabras y seres reales de carne y hueso. Estas condiciones son interdependientes; una no excluye la otra. De aquí sigue: la palabra nos determina; o mejor: nuestras palabras concretas, nuestro uso específico de la palabra nos determina. Tal uso no consiste sólo en la emisión, sino también en la recepción. Al recibir discurso, no podemos modificarlo, pero hemos de interpretarlo. Y ya se sabe que interpretar no es un incidente pasivo, sino activo.

A esta interpretación activa que deviene emisión se debe Negra Espalda del Tiempo (1998), en donde Javier Marías comenta y empata su cotidianidad con una densa red de planos y voces literarias, históricas y banales, entre ellas la suya como novelista o, mejor dicho: la de sus novelas. Del mismo modo, W. G. Sebald relee la historia moderna de Europa, sin ignorar sus raíces antiguas, ecos sobre ecos, inventando a un tiempo la sola verdad de Austerlitz (2001), que más no se precisa. La obsesión templada de Leonid Tsypkin por Dostoievski en Verano en Baden-Baden (1981) también participa de la misma relación interdependiente entre las cosas y los discursos de las cosas para descubrir entre su admiración y su lectura de los diarios de Anna Grigórievna un Dostoievski insospechado, distinto del real—seguramente—, pero verdadero. Las obras que no rebasan el mero entretenimiento y que no sorprenden ni detonan por tanto el ejercicio profundo y arduo, aunque placentero, de la mente, las obras que no contienen el misterio, los ecos y los coros de la tradición, las obras mudas, se deben a la prisa con que incluso la mayoría de los educados lee, al contrario de los tres ejemplos que me ocupan. Las largas oraciones de Marías, Tsypkin y Sebald, sus cadencias y sus digresiones ejecutan un ritmo de escritura pero apelan a un ritmo de lectura. Sus libros lo son de escritores pero, ante todo, de lectores. Y, como la primera Poética, son también una Ética y una Filosofía y una suerte de Teología del Parnaso Literario—aunque esta frase es bastante afectada y ridícula. Después de todo, y considerando la prisa con que entre todos hacemos todo, sin saber ni pensar, esos libros son también un acto de fe.

Aguillón-Mata

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