Bicentenario Colosal

Hay ciertas cosas del pasado que deben mantenerse para poder saber de dónde venimos y para darnos una idea de a dónde vamos.

-Marvin Schneider

El Coloso se alza en el Zócalo del DF. Screen grab del video en http://youtu.be/viNVRSTsKec

En México hay quienes están ya hartos de la cuestión del “Coloso”, una escultura monumental comisionada por el Estado mexicano para conmemorar el “Bicentenario”, y que se erigió durante las celebraciones del día de la Independencia de México en el Zócalo del DF, la plaza pública más importante del país.

La escultura en poliuretano es creación del equipo dirigido por Juan Canfield, de “Casa Canfield Escultura y Fundición de Metales.”

Originalmente el debate giró sobre a quién representaba la figura. El mismo escultor Juan Canfield, en entrevista con W Radio y el Canal 11, hizo referencia a la figura del controvertido Benjamín Argumedo, aunque de modo confuso niega que su escultura le represente. [Ver también este artículo de El Economista.]

(La entrada de Wikipedia no estuvo exenta del debate; comparar las versiones que se realizaron el mismo 18 de septiembre aquí; ver también el historial de versiones aquí.).

Sin embargo aún hay muchas preguntas que, dado que se trata de una obra pública diseñada para conmemorar el Bicentenario, debemos hacer. León Krauze tuvo que responder en Twitter a múltiples expresiones de crítica o rechazo al “Coloso”. Se piensa que la polémica es “absurda” e “inexistente.” No lo creemos así. No sólo por cuestión de gustos, ni porque pensemos que estética e ideología sean necesariamente inseparables, ni porque queramos debatir si es un retrato o no. Nos interesa esta discusión y creemos que se debe continuar porque se trata de una escultura comisionada con dinero público cuya función era/es participar en la conmemoración del Bicentenario, una efeméride que no le pertenece a nadie sino a tod@s.

Sí, es una escultura, y como tal, en el sentido más laxo del término, podría calificarse como una “obra de arte.” Llamarla, como un objeto o expresión, “arte”, la integra de hecho al ámbito de lo estético. Sin embargo, es falso que la estética y la política (y sobre todo la ideología, que define e incluye a ambas) se excluyan. Por lo tanto, la discusión sobre esta escultura pública (como de cualquier obra, artística o no) no puede ser nunca sólo “estética.” La decisiones estéticas, conscientes o no, siempre son decisiones políticas (en el sentido amplio y correcto del término). Por lo tanto esta discusión no es sólo “cuestión de gustos”, lo cual relativiza y evita un debate serio sobre sus implicaciones.

El “Coloso” pertenece al ámbito de lo político (en todos los sentidos del témino) y lo ideológico al menos en dos niveles elementales. En primera instancia, como hemos dicho el “Coloso” fue comisionado por el Estado Mexicano a través de la Secretaría de Educación Pública, con dinero público (a través de los impuestos pagados por los ciudadanos). En segunda instancia, se trata de una obra monumental pública, instalada en el Zócalo capitalino, cuya misión es conmemorar el Bicentenario, una efeméride nacional que se supone representa valores intrínsecos a la nación mexicana y sus habitantes.

Ahora, por un lado, resulta obvio decir que los ciudadanos mexicanos tienen derecho a opinar si una obra pública les gusta o no. Por otro lado, esto no quiere decir que el debate, la opinión (la “doxa”) sobre el “Coloso” concluyan ahí o deban concluir ahí. Ya que esta obra tiene como misión conmemorar algo tan importante para México política e ideológicamente, las dudas son naturales e inmediatas. Como ya se ha mencionado, al explicar sus motivos y procesos, Juan Canfield dijo haberse sólo “basado” en los rasgos de Bejamín Argumedo [está documentado en la entrevista con León Krauze de W Radio promovida por Canfield mismo a través de su cuenta de Twitter y página de Internet.]

La Secretaría de Educación Pública, en un comunicado fechado el 19 de septiembre, declaró que “Es indebido que se busque politizar la producción artística de los creadores del Coloso” y aseguró:

El rostro del Coloso no retrata ningún personaje en particular y no tiene una identidad específica. No tiene nombre ni apellido. Así lo expresaron sus autores Jorge Vargas y Juan Carlos Canfield […]”

Abajo nuevamente la entrevista con Canal 11:

De nuevo, esto no aclara todo. Como obra monumental a instalarse en el Zócalo, ¿cómo creer que el “Coloso” no representa a nadie? Cuando uno ve una escultura antropomórfica conmemorativa de este tipo, ¿no es lo primero que uno hace ver a quién representa la obra? Caray, ¡si hasta de las arañas gigantes se lo pregunta uno!

Conmemorar (Del latín commemorāre) significa “hacer memoria.” ¿A quién recuerda el “Coloso”? ¿Para qué? ¿Para quienes? Y si la idea era no representar a nadie en particular… ¿por qué no una “Colosa”? ¿Una Adelita? ¿Por qué este tipo?

Adelita, colosa de la revolución

Revisemos la entrevista con Canal 11. Canfield (el primero en hablar; de barba), declara: [0:22-0:39]

[Argumedo] es un personaje medio perdido en la historia […] pero no.. no se le [tartamudea] se le seleccionó… por… este… por su participación en la revolución… sino más bien por su aspecto físico. Un hombre muy fuerte, con un carácter, con unos bigotes así super revolucionarios [sic]…”

Más adelante, en el mismo video, vemos y escuchamos a una persona no identificada que el espectador asume parte del equipo principal de trabajo explicar: [0:49-1:03].

…pues tenemos trabajando a cinco escultores… cinco escultores… y…. las demás personas… pues son trabajadores de la construcción, ¿no?… son trabajadores de la construcción. Albañiles. Yeseros. “

(Imposible no notar las diferencias entre estos dos primeros entrevistados y el trabajador [parte de “las demás personas”] que, al fondo, silencioso, de piel morena, se afana en la escultura. El trabajador enajenado –como suele pasar en las obras monumentales de famosos artistas, por ejemplo Kapoor y Bourgeois — de su propio trabajo. La escultura no es —como la tierra– de quien la trabaja. ¿Qué conmemorábamos? Ah, sí. El Bicentenario.)

Precisamente, el Bicentenario debería ser una ocasión más para re-interrogar un de por sí vapuleado sentido de identidad colectiva. A fin de cuentas el “Coloso” es una obra pública, no una obra de arte experimental, o postpost. Su función es signficar, no [sólo] ser. “¿Qué significa el Coloso?” es una pregunta legítima y además urgente, de índole estético pero también político. Cuando un turista se pare frente a este “Coloso”, ¿qué debe ver? ¿a quién verá? ¿lo que quiera? ¿a quien quiera? Si tengo un hijo en el futuro cercano y y me pregunta, “papá, ¿quién fue ese señor tan grandote? ¿por qué le hicieron un monumento?”, ¿qué le diré?

Esto no quiere decir que yo sea incapaz de entender que en el arte no todo tiene que significar “algo” verbalizable; o que incluso sea posible la existencia de algún tipo de arte más allá de la política. No lo sé. Quizá sí. Sin embargo, soy alguien que cree saber que, incluso en el arte de vanguardia, hasta el decir nada significa mucho.

Pero los monumentos públicos antropomóficos son otra cosa. Sobre todo cuando representan líderes o protagonistas anónimos de algún evento histórico de significado especial para la identidad de algún país. Estas obras de arte no valen por sus cualidades estéticas (hay a quienes les gustan; hay a quienes no). Su valor, cuando lo llegan a tener, está en su significado político, ideológico, a través de su función conmemorativa, buscando la cohesión identitaria de una nación.

Cuando se tiraron los monumentos a Stalin, se derrumbaron por su significado ideológico, no estético. Cuando se destruyó el mural “Man at the Crossroads” de Diego Rivera, la causa fue ideológica, no estética. Cuando se derrumbaron las efigies de Saddam Hussein, se tiraron por su significado ideológico, no estético.

La caída de [la efigie de] Hussein

En fin, para sintetizar nuestra posición, pensamos que, en el mejor de los casos, las efigies monumentales erigidas por el Estado para conmemorar hechos históricos pueden aspirar a ser arte. Sin embargo si logran excelencia estética lo es sólo como un complemento. Idealmente, su función es otra: conmemorar; unificar el orgullo por una tradición, lugar, acontecimiento, figura pública. La realidad es que la escultura monumental pública, impuesta por el Estado, es más bien instrumento de propaganda ideológica. Esto está bien documentado y escapa el alcance de este ya de por sí largo post.

Canfield ha dicho como vimos que el modelo para el “Coloso” se eligió “no por su participación en la revolución… sino más bien por su aspecto físico.” El mensaje parece ser: lo que se rescata, lo que queremos que se recuerde y se celebre de la Revolución mexicana en el presente y para el futuro… fue y es eso, los bigotes. No es broma.

¿Es éste el mensaje del “Coloso”? ¿Es éste el llamado colosal a la memoria de estos dos cientos años que ya nadie parece recordar lo que representan? Uno se pregunta si no hubiera sido mejor, entonces, elegir a cualquier otro…

Si a esas nos vamos, mejor Michael Jackson..

—⚑—

NB: Antes de la redacción de este artículo SinLugar preguntó a Juan Canfield via Twitter a quién representaba su escultura, pero éste no respondió.

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One Comment on “Bicentenario Colosal”

  1. aguillonmata dice:

    hasta donde entiendo, el problema es de representatividad. la discusión del coloso no debe ser estética porque en tal ámbito la obra es pobre, como casi todas las obras por encargo. qué quiero decir con “pobre”: no que “es fea” ni que “no me gusta”, sino que se basa en ideas establecidas que no cuestiona. no hay novedad en el discurso estético, no hay voz en el coloso, no hay autor en sentido moderno. hay una institución, una maquinaria diciendo al mundo: este es un mexicano y, por extensión, esto representa a méxico. la identidad del modelo agrega sentido, pero no es el sentido ni lo domina. la discusión debe ser entonces política, ideológica, social. y en el nivel más pragmático, administrativa. Y aquí está el mayor problema, en mi opinión: el coloso no representa al país como las fiestas completas del bicentenario no representan al país. el gobierno de calderón, el gobierno del narcotráfico, la risible organización de la oposición política, la selección de futbol mexicana, cada uno de los que se erigen representantes del país están lejos de representar al país. el país está roto, no hay representatividad posible. no hay país. ni siquiera en este fracaso hay unidad; tal sería un truco retórico para idiotas. entonces, si las instituciones quieren decir “el coloso representa a un mexicano”, bien, pero el salto a la generalización es inaceptable. ahora, si la representatividad es imposible, qué debe hacerse. en primer lugar: rechazar enérgicamente el sentido del coloso y de las fiestas completas. se celebran contingencias entre la gente en el poder, contingencias entre instituciones, pero nunca tales han representado al país. enseguida, ir al plano administrativo: exigir las cuentas de obsceno circo que han montado, no consumir–dentro de lo posible–el discurso sino para la crítica, que no debe dar concesiones.

    méxico es una circunstancia geopolítica; difícilmente una identidad. tal no es el caso de todo país, o al menos no me lo parece ahora.