3.5. A propósito

A propósito me viene a la mente otra lectura de Macedonio que no es la irónica y desconfiada admiración de Borges ni el desdén decidido de Bioy; Julio Cortázar, en emotiva carta póstuma a Felisberto Hernández dice:

…si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio ni a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga […] Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Julia y de La casa inundada.

La relación entre los comentaristas de Macedonio que he citado, más o menos informales todos en su empresa, es de por sí bastante equívoca: Bioy sintió por Cortázar una simpatía casi cortés, basada tanto en la admiración por el escritor como en la curiosidad por el bohemio—entendido por Bioy el bohemio como “el otro”—; en las conversaciones con Sergio López, sobre “Diario de un cuento” de Cortázar:

…probablemente sea el más grande homenaje que me hayan hecho nunca. De una generosidad extraordinaria, realmente. Para mí recordar ese cuento es de una felicidad y un dolor enorme. Es una felicidad por la generosidad del cuento, pero también es un dolor porque yo nunca se lo agradecí a Cortázar. Yo soy un gran postergador de cartas. Me acuerdo que una mañana vino Vlady Kociancich y me pidió que le escribiera a Cortázar porque estaba muy enfermo. Bueno, yo postergué esa carta y al poco tiempo murió Cortázar. Me sentí tristísimo por no haberle agradecido ese cuento.

—El homenaje es tan redondo que incluso el cuento parece escrito un poco “a la manera de Bioy Casares”.

—Es un cuento precioso y una muestra de cariño muy grande. Además, con Cortázar nos pasó una cosa lindísima: los dos, yo en Buenos Aires y él en París, escribimos casi el mismo cuento. El protagonista del cuento de Cortázar es un viajante que llega a Montevideo y se hospeda en el hotel Cervantes. El mío también quiere ir al hotel Cervantes, pero lo llevan a otro. El de Cortázar está en el cuarto y no puede dormir porque al lado hay un chico que llora. En el mío el protagonista tampoco puede dormir porque en el cuarto de al lado hay una pareja haciendo el amor. Al día siguiente el de Cortázar va a protestar, entonces le dicen que no puede ser, que en el cuarto de al lado no había ningún chico, y en mi cuarto en lugar de una pareja había un señor que se llamaba Merlín. Eso fue lindísimo. Fíjese que es casi el mismo cuento, sin embargo no nos enojamos y nos sentimos muy felices porque esa coincidencia indicaba una afinidad entre dos amigos.

Bioy habla alternativamente de dos textos de Cortázar, como todo mundo sabe: “Diario de un cuento”, donde hay una serie de menciones muy favorables sobre el oficio escritural de Bioy, y “La puerta condenada”, que coincide en más de un detalle con “Un viaje o el mago inmortal”. Pero, como lamenté al resumir el argumento de “Cirugía…”, en el resumen de Bioy algo se ha perdido. Esa misma frase usó Borges al prologar una colección de cuentos de Cortázar. Fue generoso, pero hay que tener en cuenta que esa sola página de favor borgesiano, frente a las muchas más para Bioy, para Macedonio, inquieta por lo que implica de silencio. Quizá la mejor valoración crítica del Borges sobre el autor de “La puerta condenada” es ésta: “nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar”. Evidentemente, en esta oración hay un juicio de valor, pero éste cede ante al preciso hallazgo del buen lector, del crítico: el engarce del argumento, en los textos de Cortázar, con el Sentido es perfecto, fatal, inquebrantable. Un ejercicio más detallado explicaría por qué, pero Borges se limitó a esta sentencia luminosa.

Aguillón-Mata

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