Correspondencia con Pablo Hernández Hernández

Pablo,*

cómo estás. Te escribo para saludarte y solicitar una suerte de consuelo. Ayer revisé comentarios de Arendt sobre Hegel en busca de una idea de voluntad; esto hallé: pues lo que se concibe mentalmente es y lo que es es sólo por aquella concepción, el mundo de nuestro interés, el mundo histórico, se nos debe. Pero he aquí que un hipotético ser de puro pensamiento permanecería en un presente interminable, por lo que, para Hegel, es la mente lo que produce el tiempo—y la historia en consecuencia—no por virtud del pensamiento, sino de la voluntad. A esto se debió, según Arendt, la idealización de Hegel de la Revolución Francesa, en la que los hombres se atrevieron a voltearse de cabeza, sosteniéndose en sus pensamiento y voluntad, y construyendo la realidad de acuerdo con ambos. El consuelo que te pido es intelectual y se me exige frente a las noticias de ayer domingo en que se anuncia para mi sorpresa el endurecimiento del discurso de Merkel respecto de los inmigrantes internacionales en territorio alemán—con un claro guiño ya generalizado contra el mundo musulmán. Considerando el contexto actual en Alemania que tan bien conoces y el global en que construimos un mundo histórico cada vez más pobre de pensamiento—y quizá esto quiera decir excedido de voluntad—, qué tan injustificada es mi sorpresa; qué tan súbito o predecible te parece el giro que ha dado Merkel. Y: qué significa, en tu opinión, tal anuncio, el del supuesto fracaso de un proyecto multicultural del que nosotros dos, tanto a nivel profesional como personal, íntimo, nos hemos beneficiado.

(18-10-2010)

Bueno Sergio, tomo ahora la palabra…

Uno de los más complejos ideales de la modernidad post-ilustrada o pre-romántica, es decir la de Hegel, es el de construir sistemas filosóficos que den cuenta de su propia época a partir del concepto y no solamente de la selección, recopilación, narración e interpretación de acontecimientos. Hablar de una época entonces se veía ligado necesariamente al relato de lo que el ser humano hace, y lo que este hace es justamente historia. Como cuando conocés a alguien y esa persona quiere saber quién sos, te pregunta de inmediato qué haces y vos contestás contando tu historia. Por eso es importante la combinación de pensamiento y voluntad, porque es justamente la combinación que define a lo real en cuanto se manifiesta en la manera humana de existir, es decir, haciendo historia(s). Ahora, la historia tiene resortes que la ponen en marcha, eso es lo que quiere explicar Hegel y la pregunta además es ¿quién o qué marcha por la historia? la respuesta de Hegel es: el espíritu, que marcha dialécticamente por la historia, pero un espíritu que no se identifica con el yo, con ningún yo (ni siquiera con Napoleón aunque Hegel en algún momento haya pensado que sí). Acá es donde el sistema hegeliano se convierte en “idealismo alemán”.
Las noticias recientes que salen de toda Europa sobre la identificación de los problemas de los niveles nacionales y comunitarios europeos de convivencia y sociabilidad con la integración de grupos de personas que han migrado desde fuera de Europa hacia ella, pueden interpretarse desde este contexto de la filosofía hegeliana de la historia y del espíritu. Primero porque el problema de la época de Hegel era también el de la integración de una Europa que iniciaba su industrialización, la formación de los Estados-nacionales, llena de guerras, comandada (amenazada por Napoleón) y con la aspiración de conformarse como unidad cultural cúspide de la humanidad (habría que repasar qué dice Hegel de la esclavitud y de América, Cfr. Susan Buck-Morss: Hegel y Haití. Las posibilidades de conciliar esto están todavía en la mesa de discusión en Europa, se está discutiendo lo mismo: en qué radica la unidad de Europa, y desde la historia de Alemania en el siglo XX estaba claro que este era el país con más compromisos y responsabilidad de cuidado en la elaboración de discursos sobre identidades nacionales o europeas.
Las declaraciones de Merkel me parecen fuera de lugar… una reacción calculada políticamente como respuesta electoralista a las declaraciones del Ministro Presidente que afirmaban que Alemania también es islam. Mediáticamente hay que observar, estudiar y analizar el video de la actividad en que pronunció este discurso, quiénes eran su auditorio y cómo se veían y reaccionaban a estas palabras. El asunto es este, en Francia, Holanda, Suecia, Austria o Italia líderes políticos con poder tienen años de estar elevando el tono de este tipo de discursos racistas contra la migración de trabajadores pobres y se perciben internacionalmente como normales, como la expulsión de los Roma de Francia. Pero cuando esto sucede en Alemania la percepción cambia y la reacción también. En Alemania estas declaraciones de Merkel han avivado la discusión sobre la integración y sobre las pésimas políticas que rodearon en su momento los procesos de invitación de trabajadores a Alemania, de los que se esperaba que trabajaran y no que se integraran a nada, sin embargo se quedaron y tuvieron hijos y nietos alemanes que tampoco recibieron ayuda de ninguna política o programa de integración, ni siquiera cursos de idioma alemán. Ahora parece que la no integración es responsabilidad de los inmigrantes que, además, ya no son inmigrantes sino ciudadanos alemanes. Lo que digo es que lo terrible no es lo que Merkel ha dicho porque en el contexto alemán no fue sorpresa y ha avivado una discusión que se viene dando de muy buena manera con participación de muchísimos sectores desde hace más de una década. Lo terrible es que esto sólo pase en Alemania, mientras en Francia o Italia por ejemplo ya casi que no es necesario que Berlusconi o Sarkozy digan nada, puesto que se expresa el repudio a los extranjeros en la cotidianidad y en las calles como parte de la normalidad.
Ahora, como decís, esta época ha identificado el fracaso de la ilustración, de la racional administración del poder a partir de un peso equilibrado de las voluntades e intereses (individuales y colectivas, nacionales, regionales e internacionales) que conviven en una sociedad, con la desaparición del pensamiento crítico y de las posibilidades de lucha articulada contra las esferas de poder y legitimación. Esto se ve claro en la paulatina, global y acelerada penalización de las formas populares de manifestación: marchas, huelgas, bloqueos, intervenciones en el espacio público, reuniones, iniciativas locales de organización, etc. Y eso es un error, me refiero a la identificación del fracaso de algunos puntos del proyecto de civilización moderno ilustrado con el triunfo de la irracionalidad, el poder represor legitimado, y la ideología del gobierno de los expertos y políticos profesionales, la ruptura radical de los canales entre los grupos sociales y la esfera institucional que los gobierna. Yo no veo el problema en la entrada del poder en las esferas privadas (bio y micro política), ni la solución en la destrucción de las instituciones existentes, porque lo que se me mete a la casa, a la cama, a mi cuerpo no es el poder intencional de unos cuantos, es una estructura sistémica, un dispositivo, una máquina, cuyo funcionamiento es automático, mecánico y devastador (no hay complot), yo veo el problema en otra parte… en la vieja y conocida lógica del sistema y cómo esa lógica ha producido escenarios inesperados, como por ejemplo sistemas democráticos en dónde el que menos votos obtiene sale electo y sin embargo la mayoría lo acepta como gobernante, y su defensa desde la más completa irracionalidad… sí, esa es la producción de zonas de confort autodestructivas, como parte de las nuevas formas de la contradicción, de la paradoja que, según Marx, corre por las venas del capitalismo. Como dice Zizek, hoy resulta revolucionario reclamar racionalidad, porque sólo así se sientan responsabilidades y se justifican acciones, y porque es el irracionalismo, la total falta de educación (en sentido amplio), la que impera y la que es utilizada para imperar.

(25-10-2010)

* Pablo Hernández Hernández es profesor de Estética y de Filosofía Social y de la Cultura en la Universidad de Costa Rica. Ha cursado estudios de posgrado en la Universidad de Potsdam, en Alemania.

Imagen de Frank Plant.

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