Complicidades

Es difícil no sentirse cómplice de lo que pasa en México cuando, simplemente, nada pasa. La tragedia del Casino Royal en la Ciudad de Monterrey, cuya atrocidad trastorno la vida pública de todo el país, no ha tenido ningún efecto, no ha provocado nada que haga imaginar que se ha llegado a una situación límite. Al contrario, ha quedado sumida en la indiferencia de una sociedad -la de Monterrey, pero también, la de todo el país- que solo ve cómo las autoridades son, sin avergonzarse, cómplices del narco.

De nada valió que tras la tragedia se identificara a un policía como parte organizadora del ataque al Casino. De nada valió que se difundieran videos donde el hermano del alcalde de Monterrey Fernando Larraizabal recibía dinero en efectivo en uno de los casinos de la ciudad. De nada importó que mandos de la Secretaría de Gobernación aparecieran involucrados. Todo sigue igual. Sin alterarse, como ha pasado con tantas otras cosas, como con la Guardería ABC, donde la complicidad de los gobernantes se hizo igualmente manifiesta y hasta el día de hoy nadie ha sido responsabilizado por los hechos.

A mi me ofende hoy especialmente una imagen. La del alcalde Larraizabal al lado de su esposa y sus hijas. Es decir, respaldado por la imagen de su familia, cuando niega cualquier relación con las actividades de otro miembro de su familia en actos de corrupción en un tema tan delicado como el de los casinos. Me cuesta trabajo comprender la falta de responsabilidad moral y política, la tibieza de su partido al pedirle la separación del cargo, el silencio del presidente y del gobernador. Pero sobre todo, la complicidad de todo el cabildo, e indirectamente de la sociedad regiomontana.

El narco, la violencia, el desmoronamiento moral del país, que es lo que miramos día con día, es consecuencia de esa complicidad que al parecer no reprocha sino que alienta la corrupción.

México es hoy una sociedad postrada a la espera de un nuevo salvador. Triste porque no puede ella ser quien se salve, la que tome el rumbo y las riendas. Cuántas tragedias más estamos todavía por ver…