Complicidades

Es difícil no sentirse cómplice de lo que pasa en México cuando, simplemente, nada pasa. La tragedia del Casino Royal en la Ciudad de Monterrey, cuya atrocidad trastorno la vida pública de todo el país, no ha tenido ningún efecto, no ha provocado nada que haga imaginar que se ha llegado a una situación límite. Al contrario, ha quedado sumida en la indiferencia de una sociedad -la de Monterrey, pero también, la de todo el país- que solo ve cómo las autoridades son, sin avergonzarse, cómplices del narco.

De nada valió que tras la tragedia se identificara a un policía como parte organizadora del ataque al Casino. De nada valió que se difundieran videos donde el hermano del alcalde de Monterrey Fernando Larraizabal recibía dinero en efectivo en uno de los casinos de la ciudad. De nada importó que mandos de la Secretaría de Gobernación aparecieran involucrados. Todo sigue igual. Sin alterarse, como ha pasado con tantas otras cosas, como con la Guardería ABC, donde la complicidad de los gobernantes se hizo igualmente manifiesta y hasta el día de hoy nadie ha sido responsabilizado por los hechos.

A mi me ofende hoy especialmente una imagen. La del alcalde Larraizabal al lado de su esposa y sus hijas. Es decir, respaldado por la imagen de su familia, cuando niega cualquier relación con las actividades de otro miembro de su familia en actos de corrupción en un tema tan delicado como el de los casinos. Me cuesta trabajo comprender la falta de responsabilidad moral y política, la tibieza de su partido al pedirle la separación del cargo, el silencio del presidente y del gobernador. Pero sobre todo, la complicidad de todo el cabildo, e indirectamente de la sociedad regiomontana.

El narco, la violencia, el desmoronamiento moral del país, que es lo que miramos día con día, es consecuencia de esa complicidad que al parecer no reprocha sino que alienta la corrupción.

México es hoy una sociedad postrada a la espera de un nuevo salvador. Triste porque no puede ella ser quien se salve, la que tome el rumbo y las riendas. Cuántas tragedias más estamos todavía por ver…

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Los chistes de TV Azteca

Corría el minuto 40 del primer tiempo del partido de la liga de primera división mexicana entre el Santos Laguna y el Monarcas Morelia. La pelota se desplazaba lánguida por el césped del Nuevo Estadio Corona de la ciudad de Torreón, Coahuila, cuando comenzaron a escucharse ráfagas de ametralladora. El estadio entró en pánico. Los jugadores corrieron a refugiarse a los vestidores mientras los espectadores buscaban refugio tirados entre las bancas o parapetados detrás de los muros a su alcance. El encuentro de futbol era transmitido en vivo a México y Estados Unidos por dos televisoras: por canal 13 de la televisión abierta, propiedad de TV Azteca, y por uno de los canales de cable de la cadena de deportes ESPN . Ambas captaron el inicio de la balacera y el terror dentro del estadio. Sin embargo, a los 7 minutos TV Azteca decidió suspender la transmisión y en su lugar emitir un programa cómico. El contraste no podía ser más alto: mientras una cadena deportiva internacional trataba de mantener informada a su audiencia de lo que estaba sucediendo, la televisora mexicana optaba por censurar la información directa y presentar a sus televidentes un programa que ofrece pura anestesia.

Desde el punto de vista periodístico, TV Azteca dejó de transmitir una noticia que hoy le ha dado la vuelta al mundo, y mantuvo en suspenso y sin información a su audiencia hasta el momento de sus noticiarios oficiales. Es decir, prefirió el control informativo a la cobertura profesional de un evento del que tenía el privilegio de tener la primicia. Su decisión deja muy en claro la dinámica de simulación que caracteriza a muchos medios en México. TV Azteca es promotora y signataria del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la violencia en el que se establecen algunos criterios editoriales para tratar el tema de la violencia criminal en México, pero que su orientación real, en la práctica, ha sido la manipulación informativa.

La guerra contra el narcotráfico es también una guerra mediática. El narcotráfico parece beneficiarse (al menos eso se dice) de producir terror en la población. El gobierno se beneficia en cambio, de que la percepción de violencia incontrolada, no se generalice. En el centro de estos dos frentes, los medios mexicanos parecen haber optado, como TV Azteca, por tomar el partido del gobierno, ser sus adalides, renunciando así a ser fuentes de información confiable. Si la balacera de ayer en Torreón es terrible, que TV Azteca haya dejado de informar, es imperdonable, un atentado contra la democracia, contra el derecho de estar informado. Estamos en una guerra donde se pierde por todos lados.


El acuerdo del que nadie se acuerda

Estamos comenzando agosto. Han pasado casi seis meses desde la firma del Acuerdo para la Cobertura Informativa de la violencia promovido en el marco de Iniciativa México. Hasta ahora, el acuerdo no es más que un evento mediático, una mera ocurrencia política sin consecuencias. El observatorio de medios creado en el marco del acuerdo no ha emitido ningún resultado (tendría que haberlo hecho al tercer mes). El sitio web no reporta ninguna actividad distinta a la difusión del acuerdo. Los medios continúan actuando exactamente igual que antes del acuerdo. Llamarada de petate, pues.

Esto no es nuevo. La convocatoria copular y mediática sólo alcanza, por lo regular, para la foto. Aquí es, sin embargo, es quizás un poco más revelador que de costumbre, porque confirma lo que por lo demás ya todos sabíamos: los medios de comunicación, sobre todo los agrupados al rededor de las televisoras, son mera simulación: ni cambian, ni son críticos, ni están comprometidos con nada. No pueden, ni siquiera hacer real un acuerdo propuesto por ellos mismos.

La violencia en parte, es producto de que alguien no cumple con su responsabilidad. Y los medios son, por supuesto, uno de los que no cumplen.


Acuerdo editorial contra la violencia

Ayer se firmó un acuerdo editorial contra la violencia en México. Se hizo bajo el amparo de Iniciativa México, una coalición de medios, instituciones educativas, agrupaciones sociales, cuyos objetivos políticos son ambiguos y que fue formada el año pasado para “resaltar las virtudes de un México dinámico y emprendedor”. Hoy esa iniciativa, en un contexto completamente diferente al de su origen, impulsa este decálogo con el fin de normar los criterios editoriales para tratar el tema de la violencia y que suscribieron ayer cerca de 900 medios.

En este momento, es difícil evaluar el significado y las implicaciones de este acuerdo. Por un lado, parece responder a una estrategia estatal para cambiar la “percepción” sobre la violencia en el país, al que una y otra vez se ha referido el presidente de la República. Por otra parte, el acuerdo es referido a un acuerdo semejante signado en 1980 en Colombia en el marco de la guerra contra el tráfico de drogas en ese país. Para algunos, el acuerdo parece ser muy semejante al colombiano, para otros, el acuerdo colombiano no implicaba una autocensura como si lo representa el mexicano.

Hay ya, por supuesto, una discusión abierta sobre lo que la iniciativa implica. La Jornada, por ejemplo, publica un editorial donde critica la iniciativa. En la misma línea se coloca Carmen Aristegui, conductora de MVS y de CNN e indirectamente el periódico Reforma.  El principal argumento contra acuerdo es que éste ataca la diversidad periodística al uniformar la aproximación al fenómeno de la violencia, y al introducir candados que pueden ser comprendidos y tomados como censura periodística y manipulación de la opinión publica.

Yo no iría, sin embargo, tan lejos. El acuerdo tiene algunas virtudes. Es la primera vez que la crítica parece hacer mella en los medios mexicanos -unos medios con poco profesionalismo, muy dependientes informativamente hablando del gobierno, escasamente autocrítcios y en general, de poco valor. La cobertura de la violencia en ellos ha sido de mala calidad, alarmista, inmediatista y efectista, y ha magnificado muchos de los defectos del periodismo mexicano. En este sentido, el acuerdo puede ser, quizás por la vía menos apropiada, una precaria toma de conciencia de ese hecho. Lo digo en particular, por lo que se refiere a algunos de los puntos específicos del acuerdo, como el de  matizar el uso de ciertos términos jurídicos o del “lenguaje del narco”, que habría sin embargo que ampliar al “lenguaje judicial”, que revela la escasa distancia lingüística entre los periodistas y sus fuentes, con las que a menudo se confunden. Esto mismo se puede decir de la intención de  proteger a las víctimas y a los menores, algo que no hicieron la mayoría de los medios que suscriben en el caso Kalimba.

Pero si esto es razonable, el espíritu del acuerdo deja mucho que desear. Apuesta por una distinción entre buenos y malos que no parece obedecer a ninguna realidad. En momentos, parece enunciar que la prensa estará siempre del lado de los buenos y, en cierto modo, define el papel de los medios dentro de la sociedad, en apariencia, alineándolos con los intereses del Estado.

En el fondo, lo que hace sospechar de este acuerdo, es su necesidad. Lo que significa de diagnóstico sobre la calidad de la información de los medios. ¿Son estos medios, los que sistemáticamente en el último año han violado casi cada linea de cualquier código de ética periodísticas, los que se comprometen a hacer cumplir ahora un acuerdo que se propone modificar algunas de sus prácticas más comunes?

Iniciativa México es un cascarón propagandístico, nada más. Es de esperar que el acuerdo quede en eso. En un acto de propaganda, sin efectos. En el fondo, el evento parece más un acto corporativo, que una toma de conciencia. Más un acto mediático, que una política.


El archipiélago de las humanidades digitales: Glen Worthey en la UNAM

por Ernesto Priani

Glen Worthey en la UNAM

No hay una definición de lo que son las humanidades digitales -y quién sabe, además, si es deseable que exista. En cualquier caso, eso hace difícil hablar de ellas, pues cómo se habla de lo que no podemos decir con exactitud qué es.

A Glen Worthey le gustan los mapas y las metáforas. Navegante desde hace años de las humanidades digitales, piensa que más que un campo disciplinario, a las humanidades digitales hay que verlas como un archipiélago formado por muchas islas disciplinares circundadas y conectadas por el mar del cómputo.

La conferencia que impartió el viernes 15 de octubre en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, giró alrededor de esa idea:  las humanidades digitales son un archipiélago porque en ellas convergen una multitud de disciplinas humanísticas que no siempre, ni necesariamente, conviven unas con otras y, sin embargo, convergen, gracias a la aplicación del cómputo para la investigación, dentro de un mismo espacio geográfico. Así la historia, la filosofía, la lingüística (quizás la primera de ellas),  los estudios en comunicación, la antropología, la bibliotecología, la geografía, literatura, música, cine… Glen hizo un recorrido rápido por estas islas y sus proyectos digitales: visualización de datos, lectura a distancia, estilometría, bibliotecas digitales. No fue un expositor tanto como un marino que, delante de una carta náutica, señala rutas y confines.

Como un espejo, el archipiélago que nos invitó a recorrer estaba en la sala. Era su público: en el auditorio había bibliotecólogos, comunicólogos, historiadores, editores digitales, filósofos, geógrafos que nos habíamos dado cita en ese mismo lugar. Fue una charla sobre humanidades digitales, para los humanistas digitales.

Glen Worthey es el jefe de los servicios de humanidades digitales de las bibliotecas de la Universidad de Stanford; es, además, uno de los organizadores del congreso Digital Humanities que se va a celebrar en esa universidad el año que entra. Llegó a México el domingo por la noche con dos intenciones principales: reunirse con académicos mexicanos dedicados o interesados en las humanidades digitales, para invitarlos a participar en el congreso, y apoyar la formación de una red de humanistas digitales que Isabel Galina, investigadora del Instituto de Investigaciones Bibliográficas y yo, estamos impulsando.