Granadas: de poesía y violencia

Cultivar granadas

Además de animarme a retomar el blogueo en español y sobre temas mexicanos, este festival de blogs sobre México y la violencia me ha obligado a repensar las formas en que reaccionamos a los problemas del país.

México sufre diferentes tipos de violencia, que van de los más “sutiles” o transparentes y por lo tanto no siempre notados (por ideológicos, expresados en prácticas y actitudes culturales, usos de lenguaje, etc.) a lo más directos (feminicidio permanente, la guerra contra los drogas, crimen e inseguridad urbanas, etc.).

La escritura siempre ha sido mi forma preferida de expresión. Los sucesos recientes en México, sobre todo las noticias sobre Ciudad Juárez y la violencia relacionada con el tráfico de drogas han tenido un impacto profundo en la forma en que me veo a mí mismo en relación con mi país natal.

Entre 2008 y 2009 intenté reaccionar a esto a través de un blog, una bitácora poética en línea donde fui jugando con iconografía mexicana y la idea de ciertas imágenes poéticas relacionadas con México, así como ciertas lecturas, particularmente El laberinto de la soledad de Octavio Paz y las noticias sobre el país en los periódicos, que luego intentaba traducir en poemas propios escritos en inglés y español.

Durante más de un año escribí poemas cotidianamente directamente en el blog (que ya borré), y el trabajo despertó el interés de Alan Baker, poeta y blogger británico entusiasta de la obra de Paz, y uno de los editores de Leafe Press, una editorial independiente basada en Nottingham, Reino Unido.

El resultado fue el libro The Present Day. The mañana poems, una colección de poemas bilingües que dediqué respetuosamente a las víctimas de la violencia reciente en México.

The Present Day (Leafe Press, UK, 2010)

No se me escapa la ironía, por supuesto, que mi libro es prácticamente desconocido en México, que está escrito en su mayoría en el idioma inglés y que sólo se puede adquirir a través de Internet y si se tiene una tarjeta bancaria. Por otro lado, publicar mis libros en México me ha resultado imposible hasta ahora y ha sido muy satisfactorio que mi trabajo haya sido del interés de editores y lectores que no me conocen en persona, en otro país y en otra lengua.

Uno de los poemas que más me gustaron del libro está inspirado en los ataques en la plaza de armas de Morelia y en unas líneas del “Suave Patria” de Ramón López Velarde:

Suave Patria, this is your omen.”

-Ramón López Velarde

Suave Patria,
was this your omen?

What was once
a sweet fruit,

eaten in colonial,
coal smelling plazas,

what was once
maize became opiate,

what was once
fiesta became wake.

Despierta, Suave Patria:
del cielo solo cultivarás granadas.

Ryan Scott hizo una lectura muy generosa de mi libro en la revista británica Stride. Pueden leer la reseña [en inglés] aquí.

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Las maneras de leer

por Jorge Téllez

El Kindle de AmazonLa semana pasada la revista Granta hizo pública la lista de “Los mejores narradores jóvenes en español”.

Ayer 7 de octubre, la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. Esta semana, del 6 a 10 de octubre, se lleva a cabo la Feria del Libro de Frankfurt 2010, con Argentina como país invitado.

El primero de estos tres acontecimientos generó críticas no sólo por la calidad de los incluidos sino por la calidad del jurado que los seleccionó. Se le critica su interés estrictamente mercantil, su parcialidad en la elección, su nula representación geográfica –hay más escritores de Huelva (dos) que de todo México (uno), por ejemplo–, o de género –cinco mujeres por diecisiete hombres–, o alfabética –siete de los nombres seleccionados comienzan con “A”. Cada quien elige su batalla.

Lo mismo sucede con el Premio Nobel. Las especulaciones oscilan siempre alrededor de los prejuicios que puedan fundamentar la decisión de la Academia Sueca y que corresponden a criterios geopolíticos, mediáticos, de género, de raza, y un sinfín de combinaciones que posibilitan, incluso, que se especule con estadísticas y apuestas. Vargas Llosa, por ejemplo, tenía un 25/1 en este sitio de apuestas, lo que lo colocaba en el lugar 19 de los posibles ganadores.

Mientras tanto, en la Feria de Frankfurt, uno de los temas candentes es el del libro en la era digital. “The future of publishing takes shape”, dice el título de una nota que privilegia mucho más el análisis de la relación autor-editorial, en el marco de estas nuevas tecnologías, que la relación entre texto y lector.

En uno de los comentarios del artículo que la Revista Digital Hermano Cerdo dedicó a la lista deGranta, se cuestiona la posibilidad de esos autores se lean pues, dice, algunos de ellos son muy caros para “el lector de a pie”. Esta jerarquización entre lectores “de a pie” y lectores ¿motorizados? no sorprende: la Encuesta Nacional de Lectura 2006 (ENL) ya había dejado claro que “los niveles más altos de gusto por la lectura se concentran en los niveles medio alto, alto y medio” del perfil socioeconómico de los encuestados (p. 49). Además, lo obvio: en un país donde el sistema de bibliotecas no funciona, entre más dinero, mayor acceso a los libros.

Lo que sí sorprende es el uso un término que, hasta ahora, se había usado de manera condescendiente por políticos y analistas para delimitar tajantemente una diferencia de clase que los separa del vulgo, de esos “otros” que todavía utilizan su cuerpo para transportarse y cuya presencia no incide en el devenir político: su participación es pasiva. La inserción de este léxico en el campo de las letras redefine el espectro de lectores no por la forma en que leen, sino por cómo pueden acceder a las lecturas.

El papel que juega el lector parece cada día más difuso. Ahora que el entretenimiento se ha mudado de las novelas de Dickens a las series de HBO, la lectura masiva por diversión queda restringida a algunos best-sellers que en su nombre llevan la penitencia: al parecer, en la república literaria se desconfía por definición de los libros que venden.

Lo curioso es que esta misma actitud no se reproduce en la lectura, porque ésta se ha convertido en un símbolo de estatus. Pensar en la existencia de un “lector de a pie” es pensar en la diferencia entre un lector-Péndulo y un lector-Porrúa, para ejemplificar con librerías típicamente caracterizadas en el D. F. como de clase media-alta, la primera, y de clase baja y/o estudiantil, la segunda.

Existe cierta vocación finalista al pensar que hay lectores y no lectores, y que la movilidad entre esos dos niveles es difícil. La ENL demuestra que tanto los que leen como los que no conciben la lectura como una manera 1) de aprender (75.5%), 2) de ser culto (11.9%) y 3) de divertirse (5.4%). Esta ingenua caracterización fomenta, por un lado, el alejamiento de quienes buscan acercarse a la lectura y, por otro, la cerrazón que se trasluce en la cada vez más recurrente moda de la literatura autorreferencial, ideal para tesis y para lectores que buscan convertirse en escritores.

Paralelamente a los endogámicos debates por listas y premios, hace falta una reflexión sobre la posibilidad de que las nuevas tecnologías influyan positivamente en estos mecanismos de exclusión. Un buen ejemplo es el proyecto & Other Stories, que ha creado grupos de lectura y discusión, para que sean los lectores quienes evalúen y recomienden la traducción y publicación de textos. Ideas como ésta quizá eviten pensar que el nacimiento de un escritor implica la muerte de un lector.

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2.3. Eres el hombre

Eres el hombre en ese tren que cruza la frontera alemana con el Imperio Austrohúngaro, rumbo a Dresde, una de las escalas de tu viaje veraniego de San Petersburgo a la Selva Negra; luna de miel, le llaman. O eres el hombre que viaja entre las noches gélidas de Moscú rumbo a San Petersburgo, a cada kilómetro más y más largas, las noches, hasta llegar al punto en que dos horas de luz grisácea, entre veinticuatro, harían una jornada agradable. O eres tú, no sé. El primero tiene una gran opinión de sí; es un hombre y ha de morir, pero es ya mismo inmortal, y lo sabe, aunque no todavía de qué modo. El segundo ha conocido el trabajo meticuloso y detallado, el estudio de la profesión médica, más que la explosión intermitente del propio genio; se sabe un hombre normal y el Estado a menudo se lo recuerda, aplastándolo, pero no sólo el Estado, sino también los libros, ciertos libros, sobre todo los libros del otro hombre en tren, que también lo aplastan desde el pasado, cien años, también aplasta Fédor Dostoievski, pero de otro modo, desde su divinidad, con su dedo apuntando al segundo hombre, a todos los hombres, a ti mismo, el que se sabe inmortal a todos nosotros, los demás. Pero he aquí que “inmortal” no significa “eterno”, nos recuerda Hannah Arendt (The Life of the Mind, 1971). El que no muere, sin embargo, ha nacido; vive ahora, pero antes, en el pasado, no vivía ni era, mientras el resto del mundo sí era, y sin inmutarse. En su viaje, el segundo hombre, Leonid Tsypkin, recorre los andares de personajes de ficción. Los de Dostoievski, claro, pero obsesionado por uno entre estos en particular: Dostoievski mismo. Dónde nacieron los personajes, dónde nació el inmortal. Borges imagina hombres activos, curiosos, vitales que se secan por la inagotable savia de sus días (en “El Inmortal”, El Aleph, 1949); lo numinoso, dice Arendt, que no muere pero que tampoco nació, pues siempre ha sido, jamás ha hecho, no es activo, sino apenas contemplativo. Tenemos entonces un hombre en busca de una divinidad—Tsypkin tras Dostoievski—pero una que ha nacido, como las griegas. Dónde y cómo ha nacido es lo que cuenta Verano en Baden-Baden, encumbrando la curiosidad intelectual, mejor alimentada mediante la lectura. La lectura del gigante ruso, sí, pero también la lectura, digamos, menor, ahora tan acreditada: en este caso los diarios de Anna Grigórievna, quien iba sentada al lado del inmortal, más alta que él y más atractiva, más joven y menos preocupada por la celebridad de las letras, pragmática, menos vulnerable entonces, en el fondo, luna de miel. Todos los vicios del lector están en la novela de Tsypkin: la ambición por integrarse a la tradición y escribir, por qué no, su propio libro, la obsesión por las grandes bibliotecas, la apología del robo de libros, la fascinación por el viaje lento, a ras de tierra, la persecución inexplicable e impertinente de personajes ficticios y el cariño por lugares, muros, pedazos de piedra, y todos los del escritor: la locura, los celos, el capricho, la injusticia propia del superior.

En su lectura de la tradición griega, Hannah Arendt enfatiza la tarea del espectador: al héroe griego, contemplado por hombres ordinarios, se deben las historias, memoria colectiva. Pero “el sentido de lo que sucede se revela cuando el hecho ha desaparecido” o, en otras palabras, el héroe realiza sus hazañas en pos de la fama, producto del espectador. Si la fama se debe a la hazaña o la hazaña a la fama es una cuestión irrelevante: sin duda, fama y hazaña son interdependientes. Enseguida—esto es: tras generaciones—nuevos espectadores de la fama, no de la hazaña, relatan otra vez, incontables veces, modifican. Tales relatos sobre relatos son nuestra tradición, nuestro palimpsesto sobre el grueso cuero de la historia. Tal es la lectura verdadera, siempre cubierta de una casi imperceptible pátina, y tales son aquellos hombres en tren, viajando en direcciones opuestas, y tales somos nosotros, tú mismo, lector.

Aguillón-Mata

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2.2. Debemos callar

Debemos callar sobre aquello que no podemos hablar, dicen Wittgenstein (en Tractatus Logico-Philosophicus, 1921) y un coro de apologistas y contrincantes, muchos de los cuales no saben qué papel juegan en la partida. Aun conociendo el título y el tema del libro y presumiblemente tras haberlo leído completo—pues se trata de la última frase—, ese “debemos”—“mussen”—se ha entendido casi como una tarea moral. Pero la sentencia de Wittgenstein no es una invitación al silencio frente a loinefable, sino un dar cuenta de la fatalidad del lenguaje. Queramos o no, debemos callar, pues “todo lo que puede pensarse puede decirse con claridad”. En otras palabras, debemos callar como debemos respirar, no como debemos cumplir la ley. Ya señaló Hannah Arendt (en The life of the Mind, 1971) que el cierre del Tractatus “argumenta en sentido opuesto” de su literalidad. Wittgenstein termina su libro con la frase citada, pero tal no es la médula del Tractatus. La literatura, aquellos intentos de hablar sobre lo que no podemos, no es tema de Wittgenstein, sino sólo las posibilidades—en abstracto—de la potencia del lenguaje. Una de estas potencias es, sin embargo, la literatura, a la que el filósofo despacha eficientemente en su libro: hay lo que puede decirse y hay lo que, mediante discurso, puede mostrarse. Puedo decir, por ejemplo: se calcula que las víctimas mortales del holocausto son entre once y doce millones de personas. Puedo ser menos concreto incluso y decir: entre las víctimas que sobrevivieron el holocausto, millones perdieron su patria, su arraigo y, por tanto,su identidad cultural. Pero he aquí que la frase no basta ya para comunicar su sentido. La anterior es una verdad fatalmente incompleta. A esto se refiere Arendt, cuando insinúa que la de Wittgenstein no es una invitación al silencio, sino al uso de la palabra: la pérdida de identidad no se puede decir, pero se puede mostrar. Austerlitz (2001), de W. G. Sebald, muestra precisamente lo que significa perder la identidad bajo el contexto del holocausto mientras cuenta la historia de una reconstrucción, de un redescubrimiento de sí mismo. No es casualidad que los momentos de mayor desasosiego en la novela de Sebald estén atados al lenguaje: “la sensación de pánico en que me sumía el estar a punto de escribir una frase, sin saber cómo empezar esa frase o, en general, cualquier otra, se extendió pronto a la operación, en sí más sencilla, de leer”; después de todo, y de nuevo de acuerdo con el Tractatus, “el lenguaje es una parte de nuestro cuerpo”. Del mismo modo que quien recupera la vista o el movimiento del cuerpo tras cirugía, hay asombro cuando Austerlitz descubre o recuerda que  habla checo y que él formó parte de la diáspora de niños exiliados durante el holocausto, que “aquellos recuerdos fragmentarios eran también parte de mi vida”.

Si bien Sebald cuenta una historia, su lectura ofrece un ejercicio de la razón superior al de la frase “millones murieron durante el holocausto”, que por sí sola y en términos lógicos es equiparable a: “millones nacieron en 2010”. Wittgenstein ha demostrado que la sencillez de estas últimas frases paralelas es falsa; a ella ha dirigido toda su atención en el Tractatus, obra entre las mayores de nuestra filosofía occidental, rendido a final de cuentas ante el Misterio de las otras frases, las que muestran y no dicen, las que son. Paradójicamente, decir algo es mucho más simple que decir sin más. La oración simple—“eso sucedió”—, principio esquemático de la Historia, palidece frente a la frase sustantiva y ulterior palabra poética—“eso”. Y la naturaleza de estas frases determina nuestra lectura. Lectores de datos, de la red deben complementar su ejercicio intelectual con filosofía, ficción y poesía; en suma, deben exigir más de la razón que la acumulación y, mediante intelecto, poner la información frente al carnaval de la duda. La metáfora sigue aquí otra de Wittgenstein, ahora del trabajo que refutó el Tractatus (Philosophische Untersuchungen, 1953): “los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje festeja”. Esta fiesta es a uno multitudinaria y solitaria, pues “hablar es tener demasiadas consideraciones con los demás”, según Pessoa (Livro do Desassossego, 1982).

Aguillón-Mata

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2.1. Festina lente

Mapa de Oxford por John Speed, 1605

“Festina lente”, apresúrate despacio. En esta famosa sentencia latina se concentran ya la intención y el sentido de las siguientes líneas como se concentra ya extrañamente el libro completo en el comienzo de Negra espalda del tiempo: “Creo no haber confundido nunca la ficción con la realidad” (Javier Marías, 1998). Quien haya comprendido tales sentencias no querrá por tanto continuar la lectura a menos que la comprensión, ojalá, no tiranice la potencia de su mente ni por tanto de su espíritu. Pero he sugerido ir despacio y debo atenerme a ello. Marías ni siquiera había cerrado el inicio de su texto: “aunque sí las he mezclado (ficción y realidad) en más de una ocasión como todo mundo”, dice, lo que implica: hay dejos de verdad en lo mayoritariamente falso e incluso a veces—y tal es el reino de la literatura—hay fundamentos de verdad en lo no sólo mayoritaria sino aun ilusoriamente falso, así como hay rasgos o incluso esencias de franca falsedad en lo aparentemente verdadero o llanamente real. No he escrito “puede haber”, sino “hay”, debido a una convicción personal sobre la imposibilidad de discursos absolutos—ya verdaderos ya falaces. Más en las palabras de Marías: discursos ficticios—no falaces—y reales—no verdaderos—y sus mezclas deben tal rango a su autor; es él quien mezcla los sentidos y este “él” es plural: todo mundo, “no sólo los escritores sino cuantos han relatado algo desde que empezó nuestro conocido tiempo”, pero no todo el tiempo, que nos rebasa. O quizá convenga más referirse a nuestra medida y compilación del tiempo o de los hechos, a la historia, pues el sólo movimiento de los cuerpos en el espacio—mera realidad—nos revela menos que nuestras convenciones, fantasías y relatos alrededor de él—verdad. De ahí el cierre de Marías: “y en este tiempo conocido nadie ha hecho otra cosa que contar y contar, o preparar y meditar su cuento, o maquinarlo”. Más allá de la adquisición de conocimiento, en el mundo nuestro se narra o, en otras palabras: una definición satisface al conocimiento mediante comprensión; un glosa, relato siempre en su naturaleza redundante, satisface a la razón. Hannah Harendt: “el intelecto (Verstand) desea asir lo que se ofrece a los sentidos, pero la razón (Vernunft) quiere comprender su significado” (The Life of the Mind, 1971). Lo anterior debe tenerse en cuenta al valorar Internet como fuente inagotable de información y, ante todo, como instrumento para la democracia. No lo es o puede no serlo, siéndolo. Mucho se han comentado las relaciones entre la red y algunas célebres metáforas borgesianas, entre ellas la biblioteca infinita o el libro de arena, pero Borges señaló en cada una de esas figuras que tener todo es pobreza y realizó una hermosa apología del olvido, luego de lamentarlo con impotencia y rabia al inicio de su texto, en “El Aleph” (1949); sus héroes de la acumulación de realidades sensibles—Carlos Argentino, Funes, Homero (o un Homero inminente, en “El Inmortal”, 1949)—son tristes autómatas, víctimas de una comprensión sin relato, de realidad sin verdad. Así los consumidores de la inmensa información existente en la red que evaden procesos interrogativos por un exceso de procesos cognoscitivos. Arendt reconoce que el pensamiento no se conforma y es autodestructivo; esto es: como el ajedrez que no repite una partida, intenta nuevos modos de plantear una cuestión y rechaza las respuestas definitivas porque encuentra su sentido y su existencia sólo en la pregunta. Al adoptar la información sin cuestionarla ahorramos tiempo perdiendo el tempo; este ritmo, el del relato tras las cosas, deviene sentido. Saber con base en la realidad es necesario para pensar, pero no es pensar. De aquí que la necesaria lectura de Internet—citas, sentencias, datos, imágenes—debe complementarse con la respiración del relato, con la lectura de libros extensos y cadenciosos, a contratiempo del vértigo actual. Después de todo y de acuerdo con Arendt, es la banalidad y no lo demoniaco ni lo monstruoso, la causa primera y más común del mal. Su ejemplo—Adolf Eichmann—no difiere en esencia de los nuestros contemporáneos, entre los que arbitrariamente señalo el célebre mea culpa de Fidel Castro que no explica nada, sino insulta.

Aguillón-Mata

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