El archipiélago de las humanidades digitales: Glen Worthey en la UNAM

por Ernesto Priani

Glen Worthey en la UNAM

No hay una definición de lo que son las humanidades digitales -y quién sabe, además, si es deseable que exista. En cualquier caso, eso hace difícil hablar de ellas, pues cómo se habla de lo que no podemos decir con exactitud qué es.

A Glen Worthey le gustan los mapas y las metáforas. Navegante desde hace años de las humanidades digitales, piensa que más que un campo disciplinario, a las humanidades digitales hay que verlas como un archipiélago formado por muchas islas disciplinares circundadas y conectadas por el mar del cómputo.

La conferencia que impartió el viernes 15 de octubre en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, giró alrededor de esa idea:  las humanidades digitales son un archipiélago porque en ellas convergen una multitud de disciplinas humanísticas que no siempre, ni necesariamente, conviven unas con otras y, sin embargo, convergen, gracias a la aplicación del cómputo para la investigación, dentro de un mismo espacio geográfico. Así la historia, la filosofía, la lingüística (quizás la primera de ellas),  los estudios en comunicación, la antropología, la bibliotecología, la geografía, literatura, música, cine… Glen hizo un recorrido rápido por estas islas y sus proyectos digitales: visualización de datos, lectura a distancia, estilometría, bibliotecas digitales. No fue un expositor tanto como un marino que, delante de una carta náutica, señala rutas y confines.

Como un espejo, el archipiélago que nos invitó a recorrer estaba en la sala. Era su público: en el auditorio había bibliotecólogos, comunicólogos, historiadores, editores digitales, filósofos, geógrafos que nos habíamos dado cita en ese mismo lugar. Fue una charla sobre humanidades digitales, para los humanistas digitales.

Glen Worthey es el jefe de los servicios de humanidades digitales de las bibliotecas de la Universidad de Stanford; es, además, uno de los organizadores del congreso Digital Humanities que se va a celebrar en esa universidad el año que entra. Llegó a México el domingo por la noche con dos intenciones principales: reunirse con académicos mexicanos dedicados o interesados en las humanidades digitales, para invitarlos a participar en el congreso, y apoyar la formación de una red de humanistas digitales que Isabel Galina, investigadora del Instituto de Investigaciones Bibliográficas y yo, estamos impulsando.


Glen Worthey (Stanford) en la UNAM

logotipo del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM
De las universidades de América Latina, la UNAM (enorme como es y como todas las instituciones educativas en constante batalla por allegarse más recursos que le permitan realizar su trabajo) sigue ofreciendo una gran cantidad de actividades gratuitas y/o accesibles, abiertas no sólo a sus estudiantes sino al público en general. Indudable negar su fundamental aportación.

Hoy jueves 14 de octubre, Glen Worthey, investigador de la universidad de Stanford en el área de humanidades digitales, dictará una conferencia a las 17:30 en el auditorio José María Vigil del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.

Glen es uno de los co-organizadores del Congreso 2011 de Humanidades Digitales. #SinLugar conversó con él durante el congreso 2010 en Londres, e hizo explícito su deseo de que más entusiastas mexicanos de esta “pluri-disciplina” participaran, aprovechando que Stanford no es tan geográficamente remoto de México (como lo sería una ciudad europea, por ejemplo).

Las “humanidades digitales” (antes “computación en las humanidades“) es un término que se refiere a la actividad académica que combina el uso y estudio de la computación y sus expresiones culturales con el estudio, práctica y enseñanza de las humanidades en la era digital.

Se trata de un campo académico en continuo proceso de definición y redefinición. Es un área relativamente nueva en todo el mundo, y dadas las condiciones impuestas por la llamada brecha digital lo es incluso más en nuestro país. Esto abre un sinfín de posibilidades para construir en el futuro presente, cercano y a largo plazo.


Gracias a Isabel Galina y Ernesto Priani por hacernos llegar la información.

Para un ejemplo del tipo de proyectos en que Glen ha trabajado, ver esta maravilla…


Las maneras de leer

por Jorge Téllez

El Kindle de AmazonLa semana pasada la revista Granta hizo pública la lista de “Los mejores narradores jóvenes en español”.

Ayer 7 de octubre, la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. Esta semana, del 6 a 10 de octubre, se lleva a cabo la Feria del Libro de Frankfurt 2010, con Argentina como país invitado.

El primero de estos tres acontecimientos generó críticas no sólo por la calidad de los incluidos sino por la calidad del jurado que los seleccionó. Se le critica su interés estrictamente mercantil, su parcialidad en la elección, su nula representación geográfica –hay más escritores de Huelva (dos) que de todo México (uno), por ejemplo–, o de género –cinco mujeres por diecisiete hombres–, o alfabética –siete de los nombres seleccionados comienzan con “A”. Cada quien elige su batalla.

Lo mismo sucede con el Premio Nobel. Las especulaciones oscilan siempre alrededor de los prejuicios que puedan fundamentar la decisión de la Academia Sueca y que corresponden a criterios geopolíticos, mediáticos, de género, de raza, y un sinfín de combinaciones que posibilitan, incluso, que se especule con estadísticas y apuestas. Vargas Llosa, por ejemplo, tenía un 25/1 en este sitio de apuestas, lo que lo colocaba en el lugar 19 de los posibles ganadores.

Mientras tanto, en la Feria de Frankfurt, uno de los temas candentes es el del libro en la era digital. “The future of publishing takes shape”, dice el título de una nota que privilegia mucho más el análisis de la relación autor-editorial, en el marco de estas nuevas tecnologías, que la relación entre texto y lector.

En uno de los comentarios del artículo que la Revista Digital Hermano Cerdo dedicó a la lista deGranta, se cuestiona la posibilidad de esos autores se lean pues, dice, algunos de ellos son muy caros para “el lector de a pie”. Esta jerarquización entre lectores “de a pie” y lectores ¿motorizados? no sorprende: la Encuesta Nacional de Lectura 2006 (ENL) ya había dejado claro que “los niveles más altos de gusto por la lectura se concentran en los niveles medio alto, alto y medio” del perfil socioeconómico de los encuestados (p. 49). Además, lo obvio: en un país donde el sistema de bibliotecas no funciona, entre más dinero, mayor acceso a los libros.

Lo que sí sorprende es el uso un término que, hasta ahora, se había usado de manera condescendiente por políticos y analistas para delimitar tajantemente una diferencia de clase que los separa del vulgo, de esos “otros” que todavía utilizan su cuerpo para transportarse y cuya presencia no incide en el devenir político: su participación es pasiva. La inserción de este léxico en el campo de las letras redefine el espectro de lectores no por la forma en que leen, sino por cómo pueden acceder a las lecturas.

El papel que juega el lector parece cada día más difuso. Ahora que el entretenimiento se ha mudado de las novelas de Dickens a las series de HBO, la lectura masiva por diversión queda restringida a algunos best-sellers que en su nombre llevan la penitencia: al parecer, en la república literaria se desconfía por definición de los libros que venden.

Lo curioso es que esta misma actitud no se reproduce en la lectura, porque ésta se ha convertido en un símbolo de estatus. Pensar en la existencia de un “lector de a pie” es pensar en la diferencia entre un lector-Péndulo y un lector-Porrúa, para ejemplificar con librerías típicamente caracterizadas en el D. F. como de clase media-alta, la primera, y de clase baja y/o estudiantil, la segunda.

Existe cierta vocación finalista al pensar que hay lectores y no lectores, y que la movilidad entre esos dos niveles es difícil. La ENL demuestra que tanto los que leen como los que no conciben la lectura como una manera 1) de aprender (75.5%), 2) de ser culto (11.9%) y 3) de divertirse (5.4%). Esta ingenua caracterización fomenta, por un lado, el alejamiento de quienes buscan acercarse a la lectura y, por otro, la cerrazón que se trasluce en la cada vez más recurrente moda de la literatura autorreferencial, ideal para tesis y para lectores que buscan convertirse en escritores.

Paralelamente a los endogámicos debates por listas y premios, hace falta una reflexión sobre la posibilidad de que las nuevas tecnologías influyan positivamente en estos mecanismos de exclusión. Un buen ejemplo es el proyecto & Other Stories, que ha creado grupos de lectura y discusión, para que sean los lectores quienes evalúen y recomienden la traducción y publicación de textos. Ideas como ésta quizá eviten pensar que el nacimiento de un escritor implica la muerte de un lector.

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